Colegio Santa María: ¿Ser gay en los tiempos de la cólera…, pero de quién?
SALTA.- La cólera como sinónimo de intolerancia es un movimiento desordenado del alma que impulsa al sujeto a verter sus peores sentimientos sobre otro de igual condición, pero no condición homosexual sino condición humana, porque antes de que alguien sea “algo”, es humano y tiene condiciones compartidas en común por todos.
Lo sucedido en el Colegio Santa María de la ciudad de Salta es un caso emblemático que debe ser analizado con cuidado; por un lado, porque al tratarse de una institución confesional tiene sus reglamentos y la potestad de hacer valer lo que piensa a todos los alumnos. Quien se inscribe en uno de estos establecimientos va sabiendo de antemano a dónde se está metiendo.
De allí que la decisión de separar a un alumno confeso de homosexualidad deba ser tenido como razonable en atención al espíritu del establecimiento, a la creencia que gobierna la mente de sus directivos y al contexto social que dice representar.
Independientemente a que a este tipo de establecimientos se los suela encasillar en un sentido “elitista” y de casi “selección” social en base al dinero, porque allí no concurren hijos de obreros o empleados, muchas veces pretenden ser vistos más desde el linaje o el estatus económico y social que por el origen del dinero con que los padres pagan cuotas tan elevadas.
Pareciera que esta onda “progre” lleva a querer hacer ver a esta minoría poblacional como si fuera mayoría, y “en una vuelta de tortilla”, en el sentido literal de la expresión, hoy son los mismos padres de familia y los mismos alumnos quienes se ven menoscabados en sus derechos, pretendiendo hacer pasar con fórceps situaciones antinaturales como si fueran naturales.
Señores, la homosexualidad siempre existió desde tiempos inmemoriales. Pero demos espacio a quienes como padres queremos elegir dónde van nuestros hijos, porque si este alumno hizo una confesión pública, lo hizo a sabiendas de los reglamentos de esta institución, o en nombre del respeto, no lo hubiera gritado a viva voz.
Otras situaciones para analizar sería la del dinero, vil metal en algunos casos, si entendemos que son estos colegios los lugares donde se marcaría una cotización social y el pretexto sobre el que se asentarían sus presuntos prestigios. ¿Los billetes acumulados en la tesorería de los establecimientos eximen ver otras realidades morales que escandalizan a la sociedad, habida cuenta que no pocos serían los que pagan las abultadas cuotas con dinero cuyo origen no tiene una claridad tan meridiana? Tampoco ingresarían en la órbita de las consideraciones de ese colegio y de muchos más de esta comarca las relaciones extramaritales de público conocimiento o quizás incluso algún intercambio de parejas.
Estas realidades, la del alumno homosexual como las fortunas acumuladas en breve tiempo y los deslices morales de algunos en aventuras “swinger” serían conocidos por las autoridades de este colegio, de allí que la vara con que se mide un caso debería ser la misma con la que se mediría otro. ¿O acaso lo que vale es sólo la plata de la cuota? Perdón, este no es el tiempo del vale todo, y habría que escuchar el repique de las dos campanas de esta moderna espadaña.
Por Anabel Fragueiro