2019-05-20

POR HORACIO CARRANZA

De los opas de Salta: la transferencia de lo social a lo político

En la política los opas actúan según el mandato del superior por agradecimiento a un sueldo, un cargo y se ponen felices cuando el mandamás los palmea

SALTA.- El opa ha sido una institución en Salta que aparenta ya estar extinguida, al menos como categoría social. Pero de echo los hay y continuarán habiéndolo a pesar de la dinámica tan vertiginosa donde los roles giran como las cuentas de un bolillero. Opas continúa habiendo, incluso hasta en los puestos de gobierno. 

Pero ¿qué es el opa? La tradición en Salta dice que solían ser una tara originada a partir de un desorden genético familiar, léase, aventuras o uniones entre consanguíneos cercanos; así el opa terminaba confinado en los fondos de las casas,  de ahí la metáfora del “opa bajo la higuera”. 

Los hubo famosos en Salta, generalmente adoptados por curas que los convertían en su Quasimodo particular, destacados como campaneros y especializados en correr rebenque en mano a los perros que ingresaban al templo durante la misa. Otros se extinguieron en el tiempo sirviendo a familias en los quehaceres domésticos y las compras. En una sociedad que todo lo maquilla, ahora los opas siguen existiendo pero están disimulados.

Si tradicional era la figura del opa, tradición también era vender las propiedades con el opa incluido, ya como valor agregado, ya como para librarse del estigma. Casonas importantes de Salta saben de esta “traditio”, resabio quizás, del Derecho romano donde el fundo se entregaba con sus frutos y siervos incluidos. 

Tiempos modernos, dominados por la electrónica donde hasta los sentimientos son virtuales, pero no así los opas que continúan manteniendo su vigencia, porque superando toda la parafernalia posmoderna la descripción del opa, como un individuo carente de inteligencia, o que tiene dificultades para comprender las cosas sigue intacta. 

Si antes los opas tenían como medio natural las casonas, en la actualidad parecen haberse reunido todos en el redil de la política, donde la gran mayoría hace las cosas que le mandan sin entender muy bien qué están haciendo. El opa en sus tiempos era feliz, con la retribución que le daban sus patrones: la comida, alguna ropa, incluso hasta una promesa, como el mentado caso del opa de un cura que cuando lo veía de mal humor lo mandaba al sastre para que le mida el traje que jamás le iba a mandar coser. 

En la política ocurre igual, los opas actúan según el mandato del superior por agradecimiento a un sueldo, un cargo y se ponen felices cuando el mandamás los palmea. ¿Cuántas veces en los pasillos de la política algún caudillo gobernante no se ha referido a un ministro o secretario diciendo aquella conocida frase salteña: “A veces pienso que este muchacho es medio opa”… De hecho, alguno le ponía a los cerdos de su chiquero el nombre de sus ministros y estos sonreían agradecidos por haber sido tenidos tan en cuenta. 

Un capítulo aparte merecería la estandarización de los opas políticos según partido, cargo y condición, pero digamos en que por estas fechas –razón tendría Aristóteles cuando decía que los hechos se repiten en la historia- un episodio digno de la Salta de antes estaría por ocurrir. Es el caso de un centenario partido cuya casa central estaría por rematarse y pasar a nuevos dueños a causa de un entuerto judicial no resuelto. 

La pregunta que intriga hasta los tuétanos es, si llegado el caso, la transferencia de esa casa ¿se hará con los opas adentro?

Por Horacio Carranza 

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