2025-04-18

TRADICIÓN

Semana Santa: ¿qué se conmemora el viernes santo y por qué es importante?

En todo el mundo cristiano, la Iglesia vive hoy el Viernes Santo como un día de duelo sagrado, en el que el dolor se vuelve oración y el silencio se transforma en acto de amor
Por Redacción Voces Críticas

SALTA (Redacción Voces Críticas) El Viernes Santo es la jornada en que la Iglesia se detiene, enmudecida por el peso del amor extremo. No hay Eucaristía, ni cantos festivos, ni luces encendidas. Solo la memoria viva del sacrificio de Cristo, cuya Pasión y Muerte se recuerda con intensidad y recogimiento. La liturgia de este día -única en su estructura y profundamente simbólica- nos invita a contemplar la cruz como misterio de redención, y a unirnos al silencio de María, que acompañó sin claudicar los últimos pasos de su Hijo. Es un día de duelo, pero también de gracia, donde el dolor humano se encuentra con la misericordia divina.

Las expresiones de fe que se despliegan a lo largo del Viernes Santo son muchas y diversas, pero todas apuntan a un mismo horizonte: el de contemplar a Cristo crucificado. El Vía Crucis, el Sermón de las Siete Palabras, las procesiones y los actos de veneración a la Cruz son formas en las que los fieles participan del camino al Calvario, haciendo suya la entrega de Jesús. En algunos lugares, la noche se cierra con el Oficio de Tinieblas, un rito en el que la oscuridad litúrgica no solo recuerda la muerte del Redentor, sino que anticipa la luz de la Resurrección. Una vela encendida sobre el altar, cuando todo parece estar en sombras, recuerda que la historia no termina en la cruz.

En la tarde, la Celebración de la Pasión del Señor marca el corazón litúrgico del día. La lectura de la Pasión según San Juan, la adoración del madero sagrado y la comunión con el Cuerpo de Cristo —consagrado el Jueves Santo— componen un rito austero, pero cargado de sentido. El Stabat Mater, o algún canto que rememore el dolor de María, puede acompañar el momento de adoración. En ella, la Madre permanece firme junto a la cruz, enseñando con su silencio y su fidelidad lo que significa amar hasta el extremo.

Este Viernes Santo, además, es uno de los pocos en el año donde se exige el cumplimiento estricto del ayuno y la abstinencia. No como un mero cumplimiento, sino como una forma concreta de unirnos al sacrificio del Salvador. El llamado es claro: guardar silencio, hacer espacio interior, suspender la vorágine del mundo para contemplar el misterio de un Dios que muere por amor. Como lo recordaba el Padre Donato Jiménez, “celebramos la muerte de Jesús, quien ha muerto por cada uno de nosotros para reconciliarnos con el Padre”. Este amor personal, íntimo, irrepetible, es la piedra angular de la fe cristiana.

La cruz, que para algunos puede parecer símbolo de derrota, se alza hoy como estandarte de victoria. Porque en ella, Cristo venció al pecado y a la muerte. Cada clavo, cada herida, cada palabra dicha en agonía tiene un destinatario concreto: cada uno de nosotros. Por eso, el Viernes Santo no es solo un rito, sino una invitación a vivir de otra manera. A celebrar el amor extremo, el amor divino, el único capaz de pagar el más caro rescate por nuestra salvación. Informa Voces Críticas.

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