MIRADA CRÍTICA
Salta, Güemes y el fracaso de los “académicos” y especialistas
SALTA (Por Ernesto Bisceglia para Voces Críticas) Hay algo extraño en la relación que los salteños mantenemos con Martín Miguel de Güemes. Lo homenajeamos más que a nadie y lo conocemos menos de lo que deberíamos.
Tenemos monumentos, desfiles, actos escolares, institutos, congresos, academias, conferencias y una abundante bibliografía. Sin embargo, basta preguntar al ciudadano común quién fue Güemes para descubrir que su conocimiento suele reducirse a tres o cuatro referencias elementales y una anécdota repetida hasta el cansancio: aquella que sostiene que fue herido por encontrarse en cama ajena.
Incluso, un autor como José María Posse, en la edición de La Gaceta de Tucumán, del 14/06/26, afirma este mismo desacierto: “Oficialmente se ha escrito que el héroe salteño murió como resultado de una emboscada efectuada por una partida de realistas al salir, ya entrada la noche, de la casa de su hermana Macacha. Otra versión, contada hasta el hartazgo por “historiadores y tradicionalistas” norteños afirma que la herida fatal fue producida por el tiro de escopeta, efectuado por un sargento de su ejército que lo habría descubierto in fraganti en una situación íntima con su esposa.”
La paradoja es notable. Cuanto más se ha escrito sobre Güemes, menos parece haber llegado Güemes al pueblo. Y eso obliga a formular una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo mal?
Cuando se han gastado centenares de millones de pesos para que unos “académicos” divulgaran nuestra historia y el resultado es este.
Porque Güemes no fue solamente un jefe militar. Fue gobernador, estratega político, organizador territorial y conductor social. En muchos aspectos fue un hombre adelantado a su tiempo. El llamado Fuero Gaucho constituyó una de las experiencias más avanzadas de protección social conocidas en estas tierras y anticipó principios que mucho tiempo después encontrarían expresión en la legislación laboral moderna.
En lo geopolítico, a Güemes le tocó gobernar una región central en la geografía por sus alcances y dimensiones. Baste pensar que entonces Salta tuvo salida al Pacífico porque la región de Antofagasta era Protectorado del gobierno salteño. Lo mismo que los límites del Tucumán y las estribaciones del Alto Perú. Prácticamente lo que más de un siglo más tarde formaría el Norte Grande.
De modo que estudiar a Güemes sólo por su costado bélico y sus combates, las invasiones realistas repelidas y demás, es reducir su figura privándola de la magnitud que realmente tuvo en aquel escenario.
También comprendió algo que todavía hoy parece costar entender: que gobernar no consiste únicamente en administrar recursos, sino en construir comunidad.
Sin embargo, dos siglos después seguimos enseñando a Güemes como si fuera apenas un héroe ecuestre atravesando la noche en una carga de caballería.
Lo hemos reducido solo al bronce del 17 de Junio.
Y cuando una figura histórica queda atrapada en el bronce, deja de hablarle a los hombres de carne y hueso.
Fuimos alumnos, luego discípulos y con los años, amigos de la última generación de historiadores que todavía recorría los pueblos, daba charlas donde podía, publicaba a costa propia y entendía la historia como una misión cultural antes que como una credencial académica.
Allá van los nombres de Luis Oscar Colmenares, Teresa Cadenas de Hessling, Monseñor Miguel Ángel Vergara, Atilio Cornejo, probablemente el gran referente de la historiografía salteña del siglo XX, a quien el propio Colmenares consideraba "el historiador de Salta" por excelencia. Fernando Rufino Figueroa, Andrés Mendieta, Carlos Reyes Gajardo, investigador de los Valles Calchaquíes, y hasta mencionaría entre los más cercanos a nosotros a Gregorio Caro Figueroa. Sin olvidar -anterior a todos- a Bernardo Frías, por supuesto.
Pero ahora abundan los especialistas güemesianos. Y tal vez el problema no sea que existan demasiados de estos ejemplares que se autoperciben tales. Tal vez el problema sea que, después de dos siglos, todavía no hemos conseguido que Güemes salga de las academias para volver al pueblo que lo hizo gobernador.
Una “paradoja güemesiana” -podríamos llamarla así-, la encontramos en el caso de algunos “académicos” que ostentan sitiales en organizaciones güemesianas y que no han publicado ni un sólo libro, un folleto aunque más no fuera y todo cuando han hecho ha sido solventados por el Estado como empleados públicos que son.
El problema no es la calidad de estatales sino el aprovechamiento que se hace del cargo para autotitularse “güemesianos” sin el respaldo de por lo menos algún escrito que haya salido de sus mentes.
De esta manera, la historiografía se ve perjudicada y el pueblo privado de estudios que contribuyan a conocer más a su Prócer. Tenemos el orgullo de decir que nuestra tierra es la cuna de uno de los tres Padres de la Patria, nada menos.
Y eso, por sí solo, ya es un honor que nos reclama a quienes nos gusta el estudio del pasado una actitud seria y sobre todo honesta.