Tartagal: una ciudad atrapada entre el desamparo y la rosca política
SALTA (Por Julio Casanova para Voces Críticas) Desde el aire, Tartagal parece una ciudad apacible. Las copas rosadas de los lapachos colorean plazas y avenidas, mientras el verde del norte salteño disimula las heridas. Pero basta poner un pie sobre sus calles para descubrir otra realidad: la de una comunidad que convive diariamente con la inseguridad, el deterioro de los servicios públicos y una dirigencia política que parece más preocupada por sus propias disputas que por ofrecer respuestas.
La pregunta comienza a repetirse entre vecinos, comerciantes y profesionales: ¿cómo llegó Tartagal a este nivel de deterioro institucional?
Una ciudad donde el miedo dejó de ser una excepción y la inseguridad dejó hace tiempo de ser una sensación para convertirse en parte de la vida cotidiana
El departamento San Martín aparece de manera recurrente en las noticias vinculadas al narcotráfico. Procedimientos judiciales, secuestros de cargamentos de droga e investigaciones que incluso alcanzaron a integrantes de las fuerzas de seguridad muestran la complejidad del fenómeno que atraviesa la frontera norte.
A ello se suma una delincuencia urbana cada vez más violenta que modifica hábitos, restringe la circulación y alimenta una sensación permanente de vulnerabilidad entre los vecinos.
La crisis tampoco quedó fuera de la Universidad Nacional de Salta, sede Tartagal. La institución, llamada a convertirse en uno de los motores del desarrollo regional, atraviesa desde hace tiempo conflictos internos, denuncias públicas y enfrentamientos que exceden el ámbito académico.
Las recientes declaraciones de un legislador provincial sobre presuntas irregularidades dentro de la sede universitaria volvieron a colocar a la institución en el centro de la polémica, profundizando un clima de confrontación que termina afectando a docentes, estudiantes y personal no docente.
Cuando la universidad deja de discutir conocimiento para discutir poder, pierde toda la comunidad.
Pero quizá la expresión más dramática del presente tartagalense se encuentre en el Hospital Juan Domingo Perón. La dificultad para incorporar y retener médicos especialistas se transformó en uno de los principales problemas del sistema sanitario local. Profesionales consultados señalan que las agresiones sufridas durante las guardias y la falta de condiciones mínimas de seguridad terminan desalentando la radicación de nuevos médicos.
El episodio ocurrido días atrás terminó de encender todas las alarmas. Un profesional fue violentamente agredido mientras cumplía funciones y decidió abandonar definitivamente el hospital.
Su frase resumió una realidad imposible de ignorar: "Mi vida no tiene precio."
El problema alcanza niveles de preocupación social porque cada médico que decide irse representa una pérdida para toda la comunidad ya que detrás de esa decisión quedan miles de pacientes con menos posibilidades de atención.
Con todo, el problema más complejo que acecha a Tartagal es la política que continúa ocupando buena parte de la escena pública.
Diversos sectores sociales sostienen que detrás de muchas de las disputas institucionales aparecen, una y otra vez, los mismos protagonistas y las mismas prácticas que desde hace años condicionan la vida pública del departamento.
En ese contexto, nombres como Gladys Paredes y Nicolás Arce volvieron a quedar expuestos por distintos episodios públicos y judiciales. En el caso de Paredes, todavía permanece en la memoria colectiva la denuncia formulada en su momento por el entonces ministro de Salud, Juan José Esteban, por expresiones consideradas homofóbicas, hecho que generó un amplio repudio.
Respecto de Arce, la donación de una camioneta destinada al traslado de pacientes oncológicos terminó derivando en una investigación judicial por presuntas irregularidades. La causa dio lugar a medidas cautelares y continúa formando parte del debate público.
Más allá del desenlace judicial de cada expediente, lo cierto es que estas controversias terminan profundizando la desconfianza ciudadana hacia la dirigencia.
El verdadero problema
Tartagal no necesita más enfrentamientos políticos. Necesita médicos que quieran quedarse. Necesita una universidad que vuelva a ser sinónimo de conocimiento y recuperar las calles para los vecinos y no para el miedo. Esta ciudad del norte salteño requiere de manera urgente que la política vuelva a discutir el futuro y no el reparto del presente.
Porque mientras la dirigencia continúa inmersa en la lógica de la rosca, hay una ciudad que sigue esperando algo mucho más sencillo: poder vivir con tranquilidad. Y esa, quizás, sea hoy la deuda más grande que la política mantiene con el norte salteño.
Por Julio Casanova