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Jaime Dávalos, la voz en las profundidades

Hijo de Juan Carlos Dávalos, es un referente que cambió el concepto del folklore
Jaime Dávalos, la voz en las profundidades
Jaime Dávalos, la voz en las profundidades
Por Redacción Voces Críticas
jueves 23 de agosto de 2018

Este enorme poeta salteño, nació un 29 de enero de 1921. Hijo del escritor Juan Carlos Dávalos, heredó de él la pasión por las letras, el sabor de la tradición y el don de relatar la cotidianeidad provinciana con el vuelo más alto de la inspiración.

La ciudad que lo vio nacer fue el escenario donde floreció su vocación, pues fue en ella donde cursó sus estudios para luego emprender largos viajes recorriendo el país, abrevando de la tierra su olor y sabor, de los hombres sus sentires y de los paisajes el sello que calarían hondo en su personalidad y en su legado. Fue también alfarero, titiritero y un gran recitador.

Su originalidad radica en bucear en los verdaderos sentimientos del pueblo, las esperanzas, ilusiones y anhelos de la gente, traspasando las barreras de lo que hasta ese momento significaban las estereotipadas frases del folklore y la música popular. Junto a otros salteños, como Eduardo Falú, el Cuchi Leguizamón y Manuel J. Castilla, forma parte de la élite que elevó la cultura popular argentina.

Temor del sábado

El patrón tiene miedo que se machen
con vino los mineros.
El sabe que les entra como un chorro
de gritos en el cuerpo.

Que enroscado en las cuevas de la sangre
les hallará el silencio,
el oscuro silencio de la piedra
que come sombra socavón adentro.

Que volverá, morado, 
con bagualas del fondo de los huesos 
su voz, golpeando dura como un puño 
en el tambor del pecho.

Con pupilas abiertas como tajos 
le pedirán aumento, 
mientras quiebren, girando entre las manos, 
el ala del sombrero,

y los ojos, de polvo y pena tristes, 
les caigan como manchas sobre el suelo.

Hay que esconder el vino entre cerrojos, 
el vino pendenciero.

Hay que esconder el vino como un crimen, 
el vino pedigüeño. 
Que ni una gota más caiga en la boca 
desierta del minero,

donde el grito se tapa con la coca, 
y con alcohol la sed de amor y besos. 
Hay que esconder la primavera en sangre 
del vino que descubre los secretos.

El patrón ha mandado que lo guarden 
y se ha vuelto vinagre en el encierro, 
de noche tiene vómitos y duendes 
de luna que se bañan en su cuerpo.

Los ojos del patrón lo custodiaban 
por arriba del sueño, 
los ojos del patrón tienen dos ángeles 
desvelados de miedo.

Jaime Dávalos