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"El feminismo entró a la exESMA y no se va nunca más": las violaban por rebeldes

Exponen los delitos sexuales durante la Dictadura

"El feminismo entró a la exESMA y no se va nunca más": las violaban por rebeldes
Por Redacción Voces Críticas
domingo 24 de marzo de 2019

ARGENTINA.- La apropiación de bienes durante la dictadura fue abordada por la justicia mucho antes que el avasallamiento de los cuerpos de las mujeres, como si las casas o autos robados fueran más importantes. Durante el Juicio a las Juntas, en 1985, las sobrevivientes testigos que se atrevían a relatar ante la Cámara Federal entre sollozos que habían sido violadas, no fueron adecuadamente escuchadas.

Viene a la memoria una interpelación de Gertrud Kolmar, escritora judía asesinada durante el nazismo: "De modo que, para contar mi historia, aquí estoy. Ustedes me escuchan hablar, pero... ¿me escuchan sentir?". La respuesta para las mujeres fue claramente un no durante demasiado tiempo. Los delitos sexuales recién fueron considerados de lesa humanidad cuando la Corte Penal Internacional de La Haya lo dispuso, luego de los conflictos de la ex Yugoslavia y Rwanda. Antes, no eran materia judiciable.

Además, la mayoría de las expresas y desaparecidas argentinas omitían los vejámenes a los que habían sido sometidas en cárceles, comisarías y centros clandestinos de detención en sus declaraciones por distintas causas. O bien tenían vergüenza, como si ese sentimiento no debiera estar destinado a los abusadores y violadores, o no se asumían como víctimas, porque no habían sido sometidas por la fuerza física sino extorsionadas en un contexto en el que sus sobrevidas y las de sus familiares dependían de la decisión del violador. También callaban para no herir "el honor" de los miembros varones de sus familias: hermanos, hijos o padres.

Violadas por rebeldes

Por eso el título de la muestra que se inauguró en el Sitio de Memoria de la exESMA tiene un título adecuado: "Testimonios para volver a mirar". Y el panel de apertura se constituye en una autocrítica: "Cuando un Museo no habla".

Porque hasta el momento, las mujeres avasalladas, violentadas por sus captores, y estigmatizadas también por sus compañeros, estuvieron ausentes del relato. La excusa de no herir sensibilidades, no revictimizar a las sobrevivientes exponiendo temas delicados, de guardar un silencio "respetuoso" pero a la vez involuntariamente cómplice se cayó definitivamente cuando se colgaron los textos usuales en el recorrido del museo, pero corregidos, poniendo en primer plano el sufrimiento de las mujeres.

En sus palabras, denuncian la pretensión de los represores de castigarlas no solo por su acción y pertenencia política sino por haber abandonado el rol de madres y esposas abnegadas que culturalmente les correspondía: las violaban por rebeldes, para disciplinarlas.

Las relaciones sexuales con los oficiales del grupo de tareas eran, como bien se lo explicaba el cerebro del campo de concentración, el Tigre Acosta, a una secuestrada, la demostración de que "tan mal no te caemos". No había elección, no había espacio para resistirse. La consecuencia sería convertirse en "no recuperable" y en pasajera de un vuelo de la muerte.

Silvia Labayru, exdesaparecida, dice: "Las mujeres éramos su botín de guerra. Nuestros cuerpos fueron considerados como botín de guerra". Es así en todas las invasiones, guerras, confrontaciones y genocidios. La Argentina no fue una excepción. Con distintas metodologías, el terrorismo sexual fue un denominador común en todos los centros de detención, legales e ilegales.

Aún no hubo condenas para los integrantes del grupo de tareas de la ESMA por los delitos sexuales cometidos. Sin embargo, los marinos no pudieron justificar ante sus esposas e hijas los vejámenes a mujeres prisioneras, como si pudieron argumentar a favor de la necesidad de las torturas, asesinatos, las torturas y hasta de la distribución de los bebés secuestrados. De por sí, eso solo ya resulta un castigo.

La muestra que no se calla

La académica italiana Roberta Violi y la socióloga Elizabeth Jelin fueron parte de la apertura de la muestra. También estuvieron el juez Sergio Torres, y Ana Testa y Graciela García, sobrevivientes del centro clandestino de tortura y exterminio y víctimas de acoso y abuso sexual.

Pero el conversatorio del sábado siguiente a la inauguración incluyó a una pequeña multitud de chicas con pañuelo verde que escucharon diálogos entre integrantes de dos generaciones. Por un lado, Juli Epstein, la presidenta del centro de estudiantes del Nacional Buenos Aires, la guía del museo Emilia Giordano, la rapera y abogada Femigansta, la fotógrafa feminista Analia Cid, las actrices Malena Sánchezy Antonella Costa, cuyo rostro con los ojos vendados en el afiche del film Garage Olimpo se transformó en un ícono. Por el otro, participé junto a la fiscal Mercedes Soiza Reilly, fiscal de la megacausa ESMA III; María del Carmen Roqueta, la jueza presidenta del tribunal de la causa del plan sistemático de apropiación de bebés; las exdesaparecidas Ana María Soffiantini y Ana Testa; y Carolina Varsky, la abogada patrocinante de una denuncia de violación contra el mismísimo jefe del campo, Tigre Acosta.

La ausencia de formación en perspectiva de género y la discriminación en la Justicia, el tratamiento de la imagen en los juicios, el rol de la mujer según los marinos, el machismo dentro de las organizaciones políticas, la pregunta "¿Qué habrías hecho si hubieras vivido en los 70?", la culpa del sobreviviente pero, también, la angustia de la actriz que interpreta a una víctima, fueron algunos de los temas que se cruzaron en diálogos cortos. Dejaron gusto a poco y hambre de más. Sobre todo, la sensación de que los tiempos cambian y las mujeres avanzan vertiginosa e inconteniblemente. Fue así que, como sobreviviente, sentí que tenía que decir: "¡Hoy el feminismo entró a la ESMA y no se va de acá NUNCA MÁS! "

Por Miriam Lewin para TN

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