La inesperada y pequeña posibilidad de enterrar la grieta

En los últimos días, empieza a haber evidencias de que ese proceso está llegando a su fin.
domingo, 2 de junio de 2019 · 10:41

ARGENTINA.- (Por Ernesto Tenembaum para Infobae) El jueves 16 de mayo, mientras Alberto Fernández estaba dando clases, su celular empezó a sonar. En la aplicación Telegram había insistentes mensajes de Cristina Kirchner. "Alberto". "Alberto". "Alberto". Contestó. "¿Podés venir al mediodía?". Fernández tenía comprometido el almuerzo. Cristina le pidió que fuera a verla al departamento de su hija Florencia, entre las tres y las cuatro de la tarde. Fernández fue sin saber lo que le esperaba. Cristina lo recibió en el comedor y les pidió a todos sus acompañantes que los dejaran solos. Cerró las puertas y ventanas.

Ya completamente a solas le explicó que quería que fuera candidato a presidente, que solo lo había consultado con Máximo, su hijo, que ella no podría serlo porque tenía demasiadas puertas cerradas y que estaba dispuesta a ser su compañera de fórmula. Esa decisión inesperada ya ha tenido efectos radicales que, tal vez, cambien dramáticamente la dinámica que movió a la política argentina durante la última década.

El primer efecto de la decisión de CFK es la debilidad extrema en la que queda el peronismo no kirchnerista. No se trata de un hecho de estrategia electoral sino de algo más profundo. El cisma peronista no obedeció nunca al talento o a la picardía de un grupo de dirigentes. Al contrario, esos dirigentes fueron empujados por sus propias bases. Si José Manuel de la Sota hubiera querido ser kirchnerista, habría desaparecido de la política cordobesa, por ejemplo, porque en Córdoba el kirchnerismo era rechazado de plano. Con sus matices, el peronismo alternativo era un fenómeno popular que llegó inclusive a ganar la provincia de Buenos Aires.

Mucha gente era peronista y era antikirchnerista. Por eso también muchos dirigentes lo eran: De la Sota, Felipe Solá, Facundo Moyano, Emilio Monzó y cientos y cientos de dirigentes de todo el país, entre ellos Fernández. Un amplio sector de la población que históricamente votaba al peronismo decidió que el kirchnerismo no los representaba. Por eso, el peronismo k nunca más ganó en Córdoba, ni en la Capital, ni en Santa Fe, y en los últimos tiempos perdía inclusive en provincias impensadas como Jujuy.

En los últimos días, empieza a haber evidencias de que ese proceso está llegando a su fin. La mayoría del peronismo se empieza a encolumnar detrás de la fórmula Fernández-Fernández. Es difícil explicar un fenómeno tan reciente, pero es evidente que obedece a dos fenómenos complementarios. Así como antes Cristina lograba unir en su contra a gente muy distinta entre sí, ahora quien logra esos efectos es el gobierno de Mauricio Macri. Por otro lado, el kirchnerismo empezó a transformarse en algo parecido al peronismo alternativo: de hecho, su candidato a presidente perteneció a ese sector y defiende, aun después de la designación, las posturas que lo llevaron a ser crítico durante casi una década. En todas las provincias, el kirchnerismo capituló frente al peronismo alternativo.

¿La unificación del peronismo detrás de la fórmula F-F es un triunfo K, un triunfo anti-K o alguna mezcla de ambos? Esa pregunta surge siempre que dos sectores confluyen: el mismo movimiento se puede percibir como el triunfo de los unos o de los otros, o como una articulación de visiones distintas.

En cualquier caso, el peronismo empieza a estar casi unido otra vez. Eso tal vez quiera decir que ese sector de la población que huyó del kirchnerismo ahora está volviendo al peronismo, porque ya no es K, o porque no es tan K, o porque se fastidió con Macri. Esteban Bullrich, hace dos años, derrotó a Cristina Kirchner. El peronismo tenía en esa elección otros dos candidatos: Florencio Randazzo y Sergio Massa. Eso no pasará esta vez. Para Macri, el desafío será aún mayor.

Pero esos son los efectos menores de la decisión de Cristina Kirchner. Hay consecuencias mucho más sensibles respecto de cómo se desenvolvió la política en los últimos años.

Muchos años antes del encuentro en la casa de Florencia Kirchner, el 30 de marzo del 2008, la relación entre ambos Fernández había comenzado a quebrarse. Ese día, ante una Plaza de Mayo repleta, Cristina Kirchner pronunció un discurso a la vez fundacional y terrible. "En estos días de marzo, amigos y amigas, hermanos y hermanas, donde he visto nuevamente el rostro de un pasado que parecería querer volver… Tal vez muchos de ustedes no lo recuerdan, pero un 24 de febrero de 1976 también hubo un lockout patronal, las mismas organizaciones que hoy se jactan de poder llevar adelante el desabastecimiento del pueblo llamaron también a un lockout patronal… Esta vez no han venido acompañados de tanques, esta vez han sido acompañados por generales multimediáticos que además de apoyar el lockout al pueblo, han hecho lockout a la información, cambiando, tergiversando, mostrando una sola cara".

Eran los primeros días de la crisis por la resolución 125. En distintos puntos del país, la protesta del sector agropecuario impedía el tránsito. En ese discurso, Cristina también acusó al dibujante Hermenegildo Sábat de haber publicado una caricatura "cuasi-mafiosa". Esa noche, Alberto Fernández, en la quinta de Olivos, se animó a preguntar: "Quiero saber algo: ¿nosotros seguimos siendo un movimiento reformista o ahora somos revolucionarios?". Unos meses después, Fernández se iría de la jefatura de Gabinete.

En esa ruptura entre Cristina y una lista interminable de personas —no solo Fernández— había una diferencia de agenda muy profunda. Una de esas diferencias se explicaba por una palabra que marcó a la Argentina: grieta. Cristina creía en la necesidad de la grieta, la estimulaba en cada discurso, en cada gesto. Era su principal motor. El hostigamiento a los disidentes durante sus dos mandatos, que ella no reconoce en su extenso libro, fue una constante. Uno de esos disidentes era Fernández. Desde el momento en que asumió como candidato, Fernández ha expresado una y otra vez que la guerra terminó. "Ningún país progresa con esa locura". Ha hecho incluso concesiones muy fuertes al grupo Clarín, al declarar que la fusión con Telecom es un derecho adquirido. Día tras día, intenta restablecer vínculos con periodistas que el kirchnerismo odiaba.

¿Es una estrategia electoral inteligente de CFK para reimplantar el sectarismo y la agresividad cuando llegue al poder? ¿Cree él en eso, pero finalmente será ella quien imponga la lógica de las cosas si ganan? ¿Alberto es Cristina? ¿Cristina sigue siendo Cristina? Son todas preguntas que no tienen respuestas a priori. Pero parece claro que el kirchnerismo duro, primero en las provincias y luego a nivel nacional, entendió que la grieta lo llevó una y otra vez a la derrota: había que salir de ahí. Su apertura obedece, entonces, primero a una presión social: quien impulse la grieta es castigado. Cambia o muere. Luego de tantos golpes, y de tanto daño que ese fenómeno le causó a la sociedad argentina, Cristina Fernández finalmente parece haber registrado lo obvio. Su decisión es, al mismo tiempo, un gesto de realismo político y una claudicación. Al colocar un candidato antigrieta, reconoce, luego de tantos años, que esa estrategia la llevó a la derrota: a punto tal que decide ceder nada menos que la candidatura a presidente a un referente de la antigrieta.

Hay un significado muy profundo en el hecho de que sea el kirchnerismo el que impulse una propuesta antigrieta. Es una derrota, al menos temporaria, de todos los intelectuales, tuiteros, periodistas, militantes, que durante estos años gozaron de esa guerrita que tiene más recompensa psicológica que política. Y tal vez les permita a todos ellos cambiar, entender que la militancia política es algo más sofisticado que el regodeo en la agresión y la paranoia, y que hay una manera más feliz de vivir la vida.

Todo esto habilita a que, progresivamente, en el peronismo, en la política, en las familias, en todos lados, la confrontación ceda, al menos en estos días, a una incipiente distensión.

Para ganar, Cristina admite que perdió en muchos campos. Otra vez: ¿es gatopardismo? ¿Tendrá efectos permanentes? Como muchas cosas en la democracia, eso no dependerá de sus líderes sino de la sociedad civil que los empuja en una dirección u otra.

Tal vez sea una visión ingenua. O boba. Pero tal vez algo relevante haya empezado a cambiar.

Por Ernesto Tenembaum para Infobae

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