GREGORIO CARO FIGUEROA

DÍA DEL PERIODISTA: NO HAY PERIODISMO SIN LIBERTAD

Pese a la intención de intimidar y acallar al periodismo libre, hay espacios abiertos los que no sólo tenemos el deber y el derecho defender y preservar, sino también la obligación de ampliar
domingo, 7 de junio de 2020 · 14:51

SALTA.- (Por Gregorio A. Caro Figueroa (*)) A mediados del siglo XIX John Stuart Mill, escribió: “Ya ha pasado el tiempo, por lo menos así lo esperamos, en que era necesaria una defensa de la libertad de prensa, como una de las garantías contra los gobiernos corruptos o tiránicos”.

Ciento cincuenta y cuatro años después que Stuart Mill dijo esto, tenemos que lamentar que la defensa de la libertad de expresión no haya quedado como una preocupación del pasado.

Si tenemos que hablar hoy de libertad de prensa es porque su pleno ejercicio otra vez está amenazado y mutilado algunos países de América latina. En Cuba, Venezuela, Nicaragua ese derecho está extirpado.

En otros países con gobiernos de escasa vocación republicana, aún podemos ejercer esa libertad, arraigada en nuestra historia y consagrada en nuestra Constitución.

Pese a la intención de intimidar y acallar al periodismo libre, hay espacios abiertos los que no sólo tenemos el deber y el derecho defender y preservar, sino también la obligación de ampliar para que ellos no sean reducidos a excepcionales e ínfimos resquicios.

SOLO PERMITEN LA VOZ DEL AMO

Entre la dictadura de Cuba, cuya Constitución sólo permite medios de comunicación oficiales en el país con mayor cantidad de periodistas presos, y aquellos países cuyas constituciones garantizan la libertad de prensa, se abre un amplio abanico donde se incluyen restricciones apenas veladas que están derogando de hecho lo que consagró la ley.

La prensa no es un pilar de la democracia: es uno de sus cimientos más sólidos. Hay que decirlo sin rodeos: ciudadanía y democracia no son posibles sin pluralismo y prensa libre. La prensa libre es inseparable de la responsabilidad en su ejercicio, de la calidad de su producto y de su compromiso con la ética profesional.

En las últimas dos décadas nunca fueron tan graves los riesgos, las presiones directas e indirectas y las acciones gubernamentales destinadas a obstruir y coartar su ejercicio.

El fin de las dictaduras no trajo aparejado el final de una mentalidad autoritaria que, provista de otros recursos perversos y nuevas modalidades, reaparece para lograr objetivos parecidos: ampliar el espacio de ocultación de la información oficial, recortar el derecho de acceso a la misma, manipular la opinión pública, neutralizar la crítica, restringir la circulación de las ideas y controlar los medios de comunicación.

En estos últimos años estamos volviendo a la creencia populista de que la división y equilibrio de poderes constituyen un obstáculo para concentrar el poder, para la toma de las decisiones y la eficacia ejecutiva. Se está sacando del armario de los trastos viejos la idea de que la libertad de prensa es una rémora y una “superstición” del liberalismo que es necesario apartar de un manotazo.

ZAFARONI REPITE A HITLER Y A STALIN

Este deseo de suprimir la prensa libre la acaba de expresar, sin pelos en la lengua, Eugenio Zafaroni, ex juez de la Corte Suprema, quien afirmó que los medios de comunicación “continúan teniendo el monopolio de la creación de realidad. Los medios cumplen la función de un partido único, canalizan opinión pública y en consecuencia son un partido único, son el equivalente al Völkischer Beobachter de Hitler, o el Pravda de Stalin”.

Con esta afirmación Zafaroni está más cerca de Hitler y de Stalin que de las democracias republicanas. Que no es exagerado situar a Zafaroni cerca de Hitler, Stalin y Mussolini, lo prueban lo que dijeron e hicieron dictadores. Recordamos aquí algunos ejemplos.

“El Estado no debe dejarse desconcertar ni engatusar por el fanfarroneo de una tal llamada libertad de prensa. No debe descuidar su obligación de proveer a la Nación de lo que necesita para su bienestar; para la seguridad del pueblo, el Estado debe asegurarse con decisión inescrupulosa este método para la educación del pueblo poniéndolo al servicio del Estado y de la Nación”, escribió Hitler.

“En un régimen totalitario la prensa es un elemento de ese régimen y una fuerza al servicio del régimen. Es por eso que la prensa italiana entera es fascista”, dijo Mussolini en 1928. “Nosotros no tenemos libertad de prensa para la burguesía, para los mencheviques y para los socialistas. Nosotros no nos hemos comprometido nunca a dar libertad de prensa a todas las clases”, anotó Stalin en 1927.

“En nuestro Estado no hay ni puede haber naturalmente ningún lugar para la libertad de expresión y de prensa, por parte de los enemigos del comunismo”, admitió en 1936 Andrei Vishisky, fiscal en los Procesos de Moscú. La pregunta que tenemos que hacernos es si este juicio sobre la libertad de prensa quedó sepultado junto a esos feroces mentores.

DE CLAUSURAS Y CENSURAS

En la Argentina, hace 70 años, el peronismo en nombre de la doctrina nacional definida como “el alma colectiva de la Nación”, y pretextando una “agresión contra la dignidad y la soberanía Argentina”, en un solo día clausuró cien diarios, impuso la censura y encarceló a periodistas opositores.

Hace 65 años años con la llamada "revolución libertadora", esa misma avenida cambió de mano y condenó al silencio a los que antes silenciaban a sus adversarios. También en la Argentina, hace 40 años, esta vez en nombre de la doctrina de la seguridad nacional, se dobló esa misma apuesta.

Es un error afirmar que los gobiernos son los únicos ejecutores de la censura: esta mutilación comienza en las mesa de redacción donde, armado con un lápiz rojo, un jefe de redacción tiene la tarea de ejecutar la “desaparición tipográfica” de opiniones, nombres y fotos de personas incluidas en las listas negras de un periódico.

Hay cierto periodismo y ciertos periodistas que, hacia afuera, pregonan libertad de prensa y que, hacia adentro, practican el vil oficio de la calumnia ejercen la censura.

En los últimos años los argentinos comenzamos a advertir que, en el largo plazo, la autocensura, la censura indirecta, el ocultamiento y la mentira están condenados a tener efectos letales en la sociedad.

INTERÉS PRIVADO DISFRAZADO DE INTERÉS PÚBLICO

Dice el filósofo Emilio Lledó que la mentira es más grave cuando acampa en el mundo de la política, “cuando hace que se defiendan los intereses privados disfrazándolos de públicos. Cuando una sociedad acaba sin saber que está instalada en la mentira es una sociedad muerta. El grano de mentira que se siembra en la sociedad produce monstruos”.

Estamos retrocediendo a aquellos rasgos que marcaron la relación de los gobiernos con la prensa durante el siglo XIX, cuando aún estaban vivas las pasiones de nuestras guerras civiles y los mandones combatían con rudeza a la prensa insumisa, y ésta enfrentaba a aquellos en desiguales condiciones.

Cada vez se está afirmando con mayor fuerza la tendencia de algunos gobiernos a descalificar críticas equiparándolas a complots, y denunciando como conspiradores a quienes cuestionan y señalan errores.

Juan Bautista Alberdi dijo: “Siempre que se exija una guerra previa y anterior para constituir el país, jamás llegará tiempo de constituirlo”. Para librar esa confrontación previa hoy se está clasificando a los ciudadanos en buenos, amigos y patriotas por un lado; y malos, enemigos y vende patrias, por el otro. Los primeros tienen la verdad de su lado; los segundos, están condenados a vivir en el error.

LLAMAR "PAUTA" AL SOBORNO

Los gobiernos no pueden arrogarse la facultad de determinar quién debe hablar, cuándo debe hacerlo, qué tono tiene que emplear y qué ideas u opiniones puede expresar. En democracia, no es tarea de los gobiernos fabricar, vender y, menos aún, imponer certezas. Tampoco es conculcar el derecho a la información, ni manipular y desinformar a la opinión pública.

De lo que sí tienen obligación es de permitir el libre acceso a la información pública, de no interferir en la libre formación de opiniones, y de respetar las opiniones disidentes. Intentar suprimir el debate y el disenso es el modo más seguro de postergar la enorme tarea que nos concierne a todos y en la que todos debemos comprometernos: la de construir una convivencia en libertad.

La única relación posible que el gobierno admite con la prensa es la unanimidad de la complacencia y del elogio. Escuchar melodías que endulzan los oídos del poder tiene su precio, y éste se paga con recursos del Estado que conforman esos oscuros “fondos de serpiente” cuyos montos y cuotas de reparto son secreto de Estado.

La única alternativa a quienes no se pliegan a esos dictados o no están lubricados por esos fondos, parece ser la del silencio auto impuesto o la imposición de la mordaza.

No se trata de defender la libertad de prensa desde posiciones corporativas. Este no es un asunto que afecte sólo a las empresas periodísticas o lesione a los profesionales que ejercen esa tarea.

Aquí se están amenazando y poniendo en peligro los valores consagrados en nuestra Constitución, las instituciones republicanas, las libertades públicas, el disenso y los derechos ciudadanos, entre los que están los derechos a la libre información y expresión.

EL PERIODISMO ¿ES UN CUARTO PODER?

El periodismo no es un Cuarto Poder, como se dijo en el siglo XIX, en un contexto muy diferente al actual. Más que pretender introducirse como un poder entre los otros tres poderes clásicos del Estado, el periodismo debe cumplir el papel de mostrar los errores, los desbordes y los excesos en las distintas esferas donde se ejerce el poder.

Más que otro poder, debe situarse como un contrapoder; más que un poder del Estado, es una prerrogativa de los ciudadanos. Un periodismo responsable y libre debe estar dispuesto, incluso, a ejercer la crítica de su propio desempeño.

La libertad de expresión no es, pues, una concesión gratuita de los gobernantes. Tampoco es un derecho secundario cuyo valor pueda ser considerado relativo y subordinado a la razón de Estado. No es un lujo; es una necesidad social.

Esa libertad no debe confundirse con el “todo vale” y el “piedra libre” que, al abjurar de la calidad y del ejercicio responsable, proporcionan argumentos a sus enemigos.

Estamos frente a vertientes que convergen y coinciden en su común resentimiento contra la libertad y comparten un “desapego cínico hacia la libertad”, según la expresión de Georges Bernanós.

NO HAY DERECHO SIN EXPRESIÓN DEL DERECHO

Ser hombre libre es tarea ardua y de todos los días. El ejercicio de la libertad impone extenuantes deberes, dijo Albert Camus. No es sólo la acción de los gobiernos autoritarios los que amenazan la libertad de prensa. Las libertades, y la de expresión e información en particular, se van diluyendo cuando los dirigentes, los críticos sociales y los ciudadanos desertan de esos deberes.

Escribió Albert Camus: “La prensa, cuando es libre puede ser buena o mala; pero sin libertad seguramente no será más que mala. Para la prensa, como para el hombre, la libertad es la posibilidad de ser mejor. La esclavitud es la certeza de lo peor.

“La libertad de prensa no da a los pueblos la seguridad de marchar hacia la justicia y la paz, pero sin ella pueden estar seguros de no alcanzarlas. Porque no se hace justicia a los pueblos sino cuando se reconocen sus derechos, y no hay derecho si no es posible la expresión de ese derecho”, concluyó Camus.-

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(*) Desde abril de 2007 es miembro del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA)

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