SALTA.- (Por Gregorio A. Caro Figueroa ). Una expresión antigua y coloquial referida a personas, todavía de uso frecuente, asegura que “toda comparación es odiosa”. Está documentada en 1499 en la primera edición de “La Celestina” y, cien años después, en “Don Quijote”. Enfatizando, Cervantes escribió: “Las comparaciones son siempre odiosas”. 

El uso coloquial del término comparación y la práctica social de tal costumbre, parecen más interesados en la descalificación y el chismorreo que en contrastar rasgos que permitan retratos despojados de animosidades. La intención más añeja y frecuente es comparar para denigrar, no para explicar. En historia, comparación es apertura a una indagación que abra picadas hacia la comprensión.

Mirá también

Desde finales del siglo XVIII, en varias disciplinas, comparar no solo tiene un significado y uso diferente. Especialistas en ciencia política reconocen que su disciplina se constituyó gracias al método comparativo. Hacia 1950, Redlich consideró que la historia comparada no era todavía una realidad “sino una esperanza o, más bien, un postulado”.

Precursores de la comparación en historia fueron Herodoto, Aristóteles, Plutarco, Montesquieu, Giambattista Vico y Fustel de Coulanges. En sociología, Max Weber, Emilio Durkheim y Fraçois Simiand. En geografía, Vidal de La Blache. En ciencia política, Alexis de Tocqueville con su libro “El antiguo régimen y la Revolución” (1856).

En historia, se asegura, “donde no hay contraste no hay estudio posible”. En 1948, Marc Bloch rescató el valor de la historia comparada, condenada, durante largo tiempo, a ser “la cenicienta entre los métodos para estudiar el pasado”. No hay verdadera comprensión sin un cierto grado de comparación, siempre que “la comparación esté basada en realidades diferentes y, al mismo tiempo, relacionadas”, y en hechos detallados, críticos y documentados, añadió.

El correcto uso de esa herramienta permite superar el enclaustramiento de las historias nacionales y locales, arrojando un haz de luz sobre querellas que, al dirimirse puertas adentro, instalan y tensan crispaciones que se prolongan en el tiempo. No se trata de desdeñar lo particular ni los particularismos, pero como lo advirtió Bloch: “Los estudios comparativos son “los únicos capaces de disipar el espejismo de las falsas causas locales”.

En el caso argentino, se da la paradoja de que esas historias localistas, o de puertas adentro, incurren en un uso selectivo e ideológico del universalismo cuando echan mano a teorías conspirativas, adjudicado a agentes externos las causas o la coautoría de operaciones destinadas a perjudicar intereses nacionales.

Esquema que reproducen algunas historias locales que, de forma automática, adjudican al “centralismo porteño” todos los males provinciales. Raftis señaló que la perspectiva o el método comparado es un instrumento idóneo para aproximarse, explicar y comprender mejor el pasado y, también, “para luchar contra la arterioesclerosis historiográfica” que aqueja a las visiones cerradas.

Ampliar el horizonte del historiador no debe interpretarse como un modo de diluir las causas y particularidades locales en un universalismo presentado como reverso de la misma cerrazón que se cuestiona. Este recurso sirve “para poner a prueba si lo local tiene realmente una resonancia más amplia o si lo general puede arrojar luz sobre lo particular”, observa John Elliott.

Se compararan países y espacios dentro de ellos; también épocas, periodos, acontecimientos, revoluciones, decadencia de imperios, formación de Estados nacionales, orígenes del capitalismo, de la democracia y del totalitarismo. Se buscan similitudes, coincidencias, elementos comunes, diferencias y rasgos propios de personajes como el cardenal Richelieu (1585-1642) y el conde-duque de Olivares (1587-1645).

La obra de Elliott sobre Olivares reforzó su idea de acometer una ambiciosa historia comparada en gran escala. De aceptar el desafío de construir “una comparación sostenida”, sobre las semejanzas y diferencias entre la expansión de España en América, y la misma empresa de Gran Bretaña en América del Norte.

Hacerlo confrontando y distinguiendo la capacidad de adaptación, formas de colonización, credos, equipaje cultural, tipos de sociedades, formas de gobierno en uno y otro dominio en América. Fruto de ese inteligente esfuerzo es su libro “Imperios del Mundo Atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830)”. Para su autor, la historia comparada “puede resultar un instrumento útil para volver a ensamblar la fragmentada historia de las Américas en una nueva estructura coherente”.

En “Haciendo Historia”, Elliott señala que cuando comenzó su tarea, las bibliografías sobre cada una de esas dos Américas coloniales no estaban relacionadas. Comunicación, intercambio de ideas y diálogo entre historiadores de uno y otro lado, eran débiles cuando no inexistentes. Cada mundo parecía hallarse en compartimientos incomunicados.

Elliott tomó distancia de ese tipo de historia comparada que, define, adopta un punto de vista externo respecto a los objetos que se comparan. Idéntica reserva adoptó frente a la mera yuxtaposición de datos, tarea que suele confundirse con la elaboración, más compleja, de una historia comparada.

La historia comparada busca encontrar semejanzas, diferencias, contrastes, continuidades, discontinuidades; desentrañar interacciones e influencias mutuas; establecer interconexiones, atendiendo a diferencias de espacio y tiempo, y a “los procesos de transferencias entre sociedades, naciones y civilizaciones y también sus consecuencias”. “Comparar y conectar son dos caras de la misma moneda, y así deberían tratarse”.

Esta herramienta o método es una forma de poner a prueba una hipótesis, pero no es todopoderoso, señaló Bloch, y añadió: “en ciencia no existen talismanes”. Elliott cree que ese instrumento “podría describirse mejor como un arte que como un método”. El desafío permanece en pie.-

------------------------

Por Gregorio Caro Figueroa para Voces Críticas

Miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia.