De cara a las elecciones presidenciales de este año la Argentina política afronta dos problemas críticos: Cristina y Macri. Ambos, protagonistas de una grieta por ellos mismos alentada y que entorpece, mucho, el andamiento virtuoso del país.

Nuestro país, cualquier país, no puede hacer proyectos de futuro pensando que, como una Penélope colectiva, lo que se teje de día se desteje de noche. Es decir, que lo que hace uno de los extremos de la grieta mañana lo va a deshacer el otro extremo. Con ese panorama, es obvio, a nadie se le puede ocurrir invertir acá o ni siquiera ahorrar en moneda nacional.

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Sin embargo, ese disvalioso empate o equilibrio inestable que se da en el interjuego de los dos últimos presidentes nacionales, marca una diferencia entre ambos: es difícil que se baje Cristina de la candidatura porque, con techo más bajo o menos bajo, es la que, por mucho, más votos atrae de los posibles candidatos de su propio campo. No ocurre lo mismo con Macri. Todas las encuestas, por lo menos de provincia de Buenos Aires, muestran que María Eugenia Vidal tiene al menos diez puntos de intención de votos por sobre aquel. La respuesta al interrogante que plantea la situación está en los propios hechos. Y no es que la esté postulando a Vidal. Pero los hechos son los hechos.

Por todos es sabido, y sufrido, que nuestro país atraviesa una enorme crisis. Crisis alimentada, esencialmente, por la mala praxis de nuestra dirigencia. Política, empresaria, sindical. Es decir, por toda nuestra dirigencia. Y por todos es sabido, también, que de esta situación se podrá salir contando con dos elementos claves: esfuerzo y liderazgo. Es decir, sacrificio con un sentido preciso. Sacrificio con dirección. Esfuerzo y liderazgo.

Cuando pienso en liderazgo siempre imagino la figura de Moisés, más concretamente la escultura de Moisés de Miguel Angel, que se encuentra en San Pietro in víncoli, Roma. Me gusta más Miguel Angel como escultor que como pintor. Me impresiona más. Cuestión de gustos. Y de sus esculturas la que más me impresiona es, precisamente, su Moisés. Concretamente, por la fuerza, por la energía que transmite. Quizás haya sido por algo como eso que el propio Miguel Angel, cuentan, al concluir su obra le pegó un martillazo en la rodilla a la escultura mientras le gritaba: Parla…!!

Moisés fue el líder, el conductor del pueblo judío durante el denominado Éxodo, es decir, la “larga marcha” de los judíos entre Egipto y la Tierra Prometida. Un puro desierto. Esa marcha duró, dicen, cuarenta años. No es moco de pavo liderar durante cuarenta años a todo un pueblo en una travesía en el desierto. Que necesitó ayuda, debe haber sido indudable. Cuentan que en eso le dio una mano Yahvé. Y le dio letra también: los Diez Mandamientos.   

La cuestión es que, figuradamente, los argentinos también estamos atravesando un desierto. Desde hace ochenta o cuarenta años, según prefieran. Lo real es que estamos en el desierto. Y para atravesarlo vamos a requerir, también, esfuerzo, sacrificio, pero, fundamentalmente, un sentido. Una dirección. Un para qué.

Y, acá, muchachos, no basta con decir que este es el único camino. Hay que demostrar que es el único. O, al menos, el camino más corto o el más ventajoso. O el único posible. Pero hay que demostrarlo. Y, la cuestión es que, si bien el FMI nos dio una ayudita, no estoy muy convencido que sea la más conveniente, la que necesitamos. En otras palabras: hace rato que Yahvé, o Dios, dejó de ser argentino.

Macri tiene un pecado original, perdón por tantas analogías con lo religioso: debe ser la cercanía de la Semana Santa. Decía del pecado original de Macri en su rol de líder. Perdió credibilidad. Perdió vigor. El pueblo ya no cree en lo que dice y tampoco cree en él. Todo comenzó, de golpe, a sonar hueco.

En algún momento, al comienzo de su gestión, Macri pintaba para tender a parecerse a Marcelo T. de Alvear, quien, según algunos estudiosos, presidió el mejor gobierno nacional, allá entre los años 1922 a 1928. Dicen que tuvo un gabinete de ministros de lujo. José Nicolás Matienzo, Vicente Gallo, Angel Gallardo, Agustín P. Justo, Manuel Domecq García, Celestino Marcó y Antonio Sagarna, Tomás Le Bretón y Emilio Mihura, Roberto M. Ortiz, Víctor Molina.  El mismo Alvear reconocía los quilates de sus ministros y, jocosamente, decía que él solo era el coordinador de tan brillante gabinete. 

Macri no hizo lo mismo. Desguazó el gabinete y les quitó autoridad a sus ministros como para que no le hagan sombra. Error: al quedar él solo ante la realidad, quedó sin filtros, sin amortiguación. Los rasguños, los moretones y las abolladuras, lo tocaron directamente a él. Con el agravante de sus limitaciones como comunicador. Y su íntimo repudio a la política que le recomendaba acordar la dirección del camino y la dimensión del sacrificio. La equidad del mismo.

A esto se agregó la falta de precisión en cuanto al punto de partida y a la dirección que debía seguirse. Solo quedó el esfuerzo y el sacrificio de la sociedad, no del sector público, con el agravante del sin sentido. La sensación del sacrificio inútil. Todos estamos dispuestos a un sacrificio, pero con sentido.

En esto estamos. En el desierto, sin brújula y rodeados de monstruos. No es fácil…

Por Alejandro Saravia para Voces Críticas