SALTA.- El 8 de febrero se cumple un nuevo aniversario del natalicio del general don Martín Miguel de Güemes, padre de la identidad nacional argentina. Güemes fue no solamente un líder político que fue elegido en forma plebiscitaria como gobernador de Salta, un 6 de mayo de 1815, sino que además fue el conductor militar de un gesta impar en la independencia argentina como fue la Guerra Gaucha, donde el pueblo en armas luchó bajo sus designios, en forma denodada por el nacimiento de una Nación libre y soberana. Humanamente fue el primer nivelador social, un espíritu sensible ante las necesidades de la gente, que además incorporó a la mujer en un rol de paridad, al punto de que varias heroínas constituyeron su principal red de informantes y también combatieron amazonas gauchas en lides desiguales ante uno de los ejércitos más poderosos del orbe.

Fue el único general argentino muerto en combate y un militar misericordioso que jamás fusiló a enemigo alguno, ni permitió vejámenes ni torturas. Un ejemplo ético a seguir. Idolatrado por su pueblo, jamás claudicó en sus convicciones, ni en las ofertas que de diferente naturaleza le hicieron para hacerlo sucumbir o quebrarlo. Nunca pudieron. Los honores, ni las riquezas, eran prioritarios para Martín Güemes, lo que movilizaba su espíritu insurrecto, era su sentido de la libertad y la fundación de un estado confederativo e igualitario. Sin embargo, con su muerte ese proyecto geopolítico que hubiese significado un giro copernicano en la organización política de nuestro país, quedó trunco. Güemes tuvo una mirada sensible hacia los más humildes que lo consideraban el Padre de los Pobres, fiel a sus gauchas y gauchos, hasta el paroxismo, creó un fuero para darles pequeñas parcelas, a fin de que labrasen la tierra y se convirtiesen en productores autónomos.

Mirá también

Fue ferozmente combatido y resistido por una elite denominada la Patria Nueva, que en contubernio con el presidente de la denominada República del Tucumán, el astuto Bernabé Aráoz, más los contactos de estos son su acérrimo enemigo Pedro Antonio Olañeta, jefe español afincado en Jujuy, quien había amasado una enorme fortuna merced al contrabando, urdieron una tenebrosa conspiración para asesinarlo. Con la muerte de Güemes se sepultó la dignidad de un líder incomparable y la esperanza de todo un pueblo. Durante más de setenta años estuvo silenciado en Salta. Parecía como si su nombre fuese un oprobio. Primero Dalmacio Vélez Sarsfield y luego Juan Bautista Alberdi lo reinvindicaron ante la historia. Hasta que en el centenario de su muerte el gobernador Joaquín Castellanos dispuso una semana de homenajes, promulgó la ley Güemes de derechos sociales de los trabajadores en su honor y a él le siguieron, Benita Campos, Bernardo Frías, con una obra incomparable sobre su tiempo, Atilio Cornejo, autor de otra historia y numen de la creación del Instituto Güemesiano y la Academia Güemesiana de Salta, Luis Oscar Colmenares, entre otros que continuaron esa virtuosa senda. En Salta, en un momento, se dio la paradoja de que el general San Martín y Manuel Belgrano tenían erigidos sendos monumentos y Martín Güemes solamente era venerado en la memoria de su pueblo. Un siglo y diez años fueron necesarios para la erección de ese magnífico pedestal de piedra desde el cual mira el futuro venturoso de la Patria, con una mano puesta como visera divisando el occidente.

Actualmente, los salteños deberíamos tomar conciencia de que faltan menos de dos años para la conmemoración del bicentenario de su muerte y en consecuencia aunar esfuerzos para que el 17 de junio de 2021 sea una fiesta inolvidable para toda la Nación Argentina. Un diminuto cenáculo inspirado por un pequeño demiurgo, parece haberse apropiado de la figura del prócer y lo reinventó, pretendiendo modificar a su antojo la magnificencia de sus proezas y relatando otra historia, como si Güemes hubiese encarnado a un personaje de un conservadurismo ultramontano, cuando fue un revolucionario de avanzada con una visión que alcanzó los ribetes de una epopeya incomparable. Si el pasado se proyectara al presente, sin duda el héroe gaucho no compartiría la imagen que se pretende reflejar de su impetuoso accionar político y militar. Simplemente porque era de aquellos seres, cuya misión era transformar la realidad, para lograr un cambio más justo y liberarnos de cualquier yugo o dependencia.

Esa visión sesgada y minúscula, más nimias rencillas y la vacuidad con la que se juzga a la investigación científica más seria y al pensamiento libre, impide que la figura de Martín Güemes se explaye en las currículas educativas y en consecuencia que exista un premio con su nombre al mejor egresado de los colegios públicos de Salta, que hayan programas en los medios que difundan su vida y su obra y que su ideario verdadero, forme parte del acervo cultural de la Argentina toda. Para ello, deberían deponerse procederes expulsivos de académicos comprometidos, de estudiosos responsables y de quienes buscamos que la grandeza del legado del héroe de los salteños, sea patrimonio común de todos los argentinos. Eso sí, con la verdad como premisa, porque ella reside en el acuerdo entre las palabras y los actos.

Por Abel Cornejo para Voces Críticas