SALTA.- A esta altura de los acontecimientos, mientras la nada parece haberse apropiado del escenario político salteño, allá se escucha el rugir del tráiler que anuncia la llegada a los barrios de la felicidad enlatada. Es el camión del candidato a no se sabe bien qué, y menos todavía por cuál partido, Alfredo Olmedo.

Al mejor estilo de los saltimbanquis que iban con su vida a bordo de un carro y cuando se estacionaban en un pueblo bastaba una lona para improvisar un escenario y mostrar suertes al pueblo ignorante que sufría todo el tiempo sometimiento de sus señores feudales y encontraba en aquellos adefesios un poco de solaz, de la misma manera Olmedo llega a los barrios, levanta su telón y dispara sobre los asistentes recetas mágicas para lograr una provincia que “ríete del país de Nunca Jamás”.

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Mientras la música anuncia el momento esperado en que las palabras mágicas de Olmedo comenzarán a moldear un país imposible, todos aprietan en sus manos ese número que la suerte les puede deparar en algún artefacto sorteado a cambio del estoico momento de aguantar la precipitación de conceptos medio políticos y medio religiosos que el pseudo pastor Alfredo derrama sobre esos improvisados fieles.

Como todo artista del “tablao”, Olmedo monta su show literalmente “donde se le canta”, estaciona su impresionante vehículo y cambia el curso del tráfico así como pretende cambiar el curso de los tiempos. Y allá van los vecinos a dar con sus huesos en vueltas inesperadas del colectivo donde se amontonan los conductores, y cuanto bicho que camina debe desviarse por la voluntad “del Alfredo” que ha decidido pontificar justo en “ese” lugar, como el Moisés a quien Dios le indicaba donde detenerse y alabarlo.

Y si todo en Alfredo tiene un tinte religioso, también lo tiene el color que lo identifica, el de su campera que lo acompaña fielmente invierno y verano demostrando que seguramente su desodorante supera la tolerancia de las 24 horas de protección de la mejor marca del mercado. Color, decimos, el amarillo, el que identifica al Cuarto Caballo de Apocalipsis: la peste, y como dice el Libro de la Revelación, “es el que resume el trabajo de los otros tres caballos”. Traducido al criollo, podría decirse que el Alfredo viene a ponerle punto final y liquidar todo lo que queda. No es buena prensa visto desde ese lado.

Pero al Alfredo eso no le importa, como no le importa dónde se estaciona y si tiene o no partido para jugar vaya a saber qué candidatura, total, en esto de poner candidatos, hacerlos ganar –o no- y luego abandonarlos al garete, el Alfredo tiene una banda de experiencia. Lo suyo es plantar políticos, nada más, que de la cosecha se encargue otro.

Así, la jarana dialéctica del Alfredo se esparce por espacio de un par de horas durante las cuales la Biblia está presente, aunque no se sepa si para anunciar nuevos tiempos o el final de los mismos. A desprecio de cualquier ley de tránsito, ordenanza vigente o lo que sea, el Alfredo impone su voluntad dejando manifestarse al famoso “enano fascista” que todo argentino lleva consigo. Porque podrá discutirse lo de “fascista”, pero nunca lo demás.

Como todo espectáculo circense, la parada del Alfredo tiene un límite de tiempo cumplido el cual irá tras otros horizontes, a embaucar a nuevos vecinos, a "cristianizarlos", porque una de sus promesas es que “Dios vuelva a las aulas”, mala interpretación de Olmedo ya que siendo tan cristiano como se automanifiesta debiera saber que Dios está siempre y en todo lugar, luego, jamás se fue de las escuelas.

Esta gira artística durará por lo menos hasta las PASO, si es que compite, luego de ese tiempo el mamotreto que traslada los sueños de un país imposible se perderá en la noche de los tiempos, posiblemente hasta dentro de dos años, cuando nuevamente este país generoso le brinde al viandante Alfredo Olmedo otra oportunidad más para demostrar que “el espectáculo debe continuar”.

Por Franco Alvarado para Voces Críticas