SALTA.- Hacer tamales requiere paciencia y laboriosidad, porque la harina de maíz se obtiene de la molienda de los granos en un mortero de piedra, previamente hervidos con ceniza para quitar la cáscara. Este es el primer paso que da lugar al nacimiento de una especie de bolita áurea que deleita a grandes y a chicos, a todos por igual. No, la vida de María Asunción Pastrana no fue una vida fácil. Tuvo que salir a trabajar desde chica, primero en casas de familia, ocupación que no le duró “porque las patronas mucho te mandan”, resalta con familiaridad y sin tapujos.

Entonces tornó la vista al hogar familiar y comenzó de lleno con la cocina. “En mi casa trabajábamos yo y mi mamá vendiendo bollos, rosquetes, después me largué sola”. Explica que necesita dos o tres días para hacer los tamales, tiempo que invierte en buscar las cabezas de chancho o vaca, a las que hace hervir con sal.

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“Antes tenía más posibilidad de trabajar porque mis manos daban más”, recuerda con añoranza, “hacía empanadas y vendía a pie porque alquilaba en la ciudad, no podía vivir en Uriburu, era lejos. Ahora estoy camino a Las Costas”.

La capital de Salta ya conoce su andar, de lejos puede divisarse su caballo por las calles haciendo su habitual recorrido, el que repite desde hace 40 años. “Tengo una hora, hora y media, depende de cómo ande el caballo para llegar a la ciudad”, afirma Asunción.

 

Con respecto a la venta, no se puede quejar. Los clientes, que parecieran guardarle fidelidad ad aeternum, continúan haciéndole pedidos, a los que se incorporan nuevos parroquianos. ¿Su recorrido habitual? “Ando por el centro, los jueves y los viernes, entre la Güemes y Güemes, ando por la Adolfo Güemes, la Caseros… a veces bajo por la Urquiza, otras veces por donde era el Buen Pastor”, señalando como mojón la hora cercana al mediodía, aunque se ufana de tener un horario establecido.

Los 71 años, que exhibe sin pesar, no parecen haber hecho mella en su ánimo. Muy por el contrario, pareciera que ese pasado de trabajo la preparó para enfrentar la vida con valentía. “A veces el río crecía y no podíamos pasar, íbamos a la escuela; cuando veníamos los ayudábamos a sembrar al papá y a la mamá. Teníamos vacas, las arriábamos para ordeñarlas y hacer queso, teníamos chanchos y ovejas”, relata, “porque en el campo se puede criar de todo”.

Atrás quedaron los días que pasaban sin comer o comiendo lo que tenían por la crecida del río, tampoco sus manos guardan la ligereza de tiempos pasados. “Ya digamos que estoy medio lerda por cuestión que me duelen las manos, los huesos… No soy tan rápida como antes”.

 

Su vida transcurre lánguida y plácida como las ramas de los sauces que custodian su casita. Hoy el fantasma no es el río; el presente se muestra limpio como el cielo salteño que nos observa conversar. María Asunción es un canto a la vida, un ejemplo de virtud y honor todo terreno que la remanida frase: “El trabajo dignifica al hombre” no hace más que sellar con la espuela de su caballo. Esto no es barbarie, es pura civilización, ratificaría terminante el gran Domingo Faustino Sarmiento.

Por Carolina Mena Saravia para Voces Críticas