Siempre he tenido una memoria bastante buena. En el colegio, podía recordar los nombres más extraños y los detalles más pequeños para los exámenes, visualizando la página donde los había leído.

Sin embargo, he tenido dificultades para recordar cosas básicas de la vida diaria, como dónde he puesto mis llaves o qué hay previsto en mi calendario inmediato. Siempre atribuí este despiste a falta de organización o quizás de virtud, pero según la revista “Curious Mind Magazine”, podría tratarse en realidad de un signo de inteligencia.

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Detrás del recuerdo y el olvido

La memoria siempre se ha percibido como el atributo mental más fuerte. Sin embargo, investigadores de la Universidad de Toronto afirman que olvidar es tan importante como recordar. Un artículo publicado en “Neuron” revisó varios estudios que analizaban la neurobiología detrás del recuerdo y el olvido, y resulta que estos dos procesos interactúan entre sí, permitiendo “una toma de decisiones inteligentes en entornos dinámicos y ruidosos”.

El autor del estudio, el prof. Blake Richards, explica que “el auténtico propósito de la memoria es la optimización de la toma de decisiones. El cerebro logra este propósito filtrando los detalles irrelevantes y conservando elementos que contribuirán a decisiones inteligentes en el mundo real. (…) La ‘mala memoria’ en este sentido es en realidad un mecanismo del cerebro que contribuye a crear espacio rápidamente para información relevante y evitar que el cerebro desperdicie energía y espacio de memoria con información mundana y trivial”.

Está claro que yo no clasificaría como “información mundana y trivial” saber dónde he puesto las llaves de mi casa, pero según parece mi cerebro sí. Esta tendencia no ha hecho sino aumentar a medida que me he hecho mayor y la información importante que necesito recordar ha crecido exponencialmente.

Por ejemplo, sigo sin poder recordar dónde he dejado las llaves, pero mi madre se quedó boquiabierta cuando me puse a rellenar el papeleo de la evaluación de la terapia de logopedia de mi hijo de 6 años y pude recordar la edad que tenía cuando se dio la vuelta por primera vez, cuando se sentó erguido y cuando empezó a caminar y a hablar.

Mi madre anotó toda esa información en diarios de bebés, pero no puede recordarla. Yo nunca guardé una sola anotación sobre mis bebés, pero conozco esa información sobre mis hijos como la palma de mi mano.

No tengo ni idea de cuáles son los números del carnet médico de mis hijos, pero sé exactamente dónde están los archivos en mi ordenador y mi casa que contienen esos números. Puedo encontrarlos en un santiamén. En definitiva, si tú, como yo, no puedes recordar siquiera dónde están tus llaves pero sí recuerdas el peso de tus hijos al nacer, no te estreses, no estás sufriendo una pérdida de memoria temprana ni te falta virtuosismo organizador. Lo que pasa es que tu cerebro está priorizando la información más importante y, por lo visto, la ubicación de tus llaves no lo es.

Eso sí, piensa lo de colocar un llavero junto a la puerta de tu casa. (Calah Alexander/Aleteia Inglés/ Adaptación de Cristo Hoy)