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Rivina humilis o Sangre de toro

Crónica de primavera, de balcones floridos y verdes paisajes, un relato de Gladys A. Coviello
martes, 10 de noviembre de 2020 · 18:40

TUCUMÁN (Por Gladys A. Coviello) Me detengo a observar los balcones del barrio norte y me asombra la ausencia de plantas. Algunos canteros bajos embellecen las entradas  de ciertos edificios con aralias, zingonios o photus resistentes. Evoco a Fernández Moreno en "Setenta balcones y ninguna flor" y observo. Digo: en mi balcón estarán presentes las flores. Lo convertiré en un vergel porque el verdor siempre acompañó  mi vida. Es un espacio grande donde el sol entra por la mañana en la esquina de Corrientes y Muñecas aquí, en la ciudad de Tucumán.

En un vivero consigo el jazmín del país que siempre tuve en la entrada de mi casa y un generoso plumbago, ese jazmín de las flores celestes. Una lozana Santa Rita, caléndulas y clavelinas. Pido la mejor tierra y las macetas ideales. A  pesar de los cuidados  apenas sobreviven algunas. Compruebo que se debe al insistente paso de ómnibus y vehículos  que se detienen en los semáforos y arrojan sus gases contaminantes. Recordé que esa historia  ya la había vivido en Barcelona donde poblé mi  patio con una infinita variedad de  plantas crasas o suculentas.

En una de las macetas  surgió un trébol. Le di la bienvenida. Se cubrió de hongos y murió. En otra maceta nació  una planta desconocida. Ha elegido el lugar donde  hay sombra y mucha luz. Recibe los cuidados como las demás, me agradece la hospitalidad y crece lozana enverdeciendo el rincón del balcón. Se transforma en un pequeño arbusto erguido y ramificado. Sus hojas de color verde agua son ovaladas y terminadas en punta. Ha florecido con flores blancas,  pequeñas dispuestas en  espigas  y luego fructificó. Sus frutos rojos escarlata, como pequeñas bolitas, dan gracia a la mata y cuando maduraron los dispersé entre otras macetas. Debido a los flavonoides (antioxidantes) sus troncos y ramas tiernas son ligeramente rojizos.

Nacieron otras tres plantas lozanas  que crecieron rápidamente y se ubicaron en otra maceta donde no les llega el sol directamente. Para saber más de ellas, extrañada porque aceptaran tanta contaminación, pedí ayuda a Dante Jerez, mi sobrino botánico, quien me dio su nombre: Rivina humilis. Su denominación proviene de Augustus Quirinus Rivinus ( 1652-1723) un médico alemán catedrático de Fisiología y Botánica que clasificaba a las plantas de acuerdo a la estructura de sus flores.

Su epíteto humilis significa “cercana al suelo o de baja elevación”. Es nativa de México, Guatemala, Honduras, Brasil, Paraguay Argentina

Es una planta ruderal, que vive en lugares ricos en nitrógeno, capaz de prosperar en sitios adversos entre los escombros, a los costados de los caminos y posee un fuerte potencial de reproducción y crecimiento rápido debido a su vida corta. Se multiplica por semillas o división de matas.

 Las semillas maduras hacen la delicia de las gallinas cuando las descubren.

 Las rivilas humilis tienen propiedades cicatrizantes aplicadas sobre las úlceras. Son antivirales y antioxidantes. Los aborígenes usan sus semillas para pintarse la cara y teñir maderas. Además, las hojas secas preparadas como infusión actúan  como ligero purgante.

Estas graciosas matas escucharon mi necesidad de reverdecer el balcón y llegaron sin necesidad de buscarlas.

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