SALTA.- La lluvia era el escenario perfecto para el avance de las tropas independentistas, conducidas por el general Manuel Belgrano, que se dirigían a través de una senda que conducía a la quebrada de Chachapoyas para tomar hacia el norte, el camino a Jujuy, libre de fortificaciones. Esta hazaña fue realizada de la mano y guía del capitán Apolinario Saravia, conocido como “Chocolate” por el color de su piel, astuto conocedor del terreno y los secretos de la tierra salteña. Transcurría el 18 de febrero y el ejército patriota se hallaba apostado en territorios de la familia Saravia, mientras el capitán se aprestaba a dirigirse a la ciudad, vestido como campesino y llevando una recua de mulas para tomar conocimiento de los planes del general Pío Tristán, al mando del ejército realista.

El 19 de febrero, las tropas se alistaban para concretar el ataque al día siguiente por la mañana. Al tomar conocimiento de ello, el general Pío Tristán se aprestó a alinear su ejército para contrarrestar el ataque. El 20 de febrero amaneció nublado con algunas lloviznas. El general Belgrano hizo caso omiso a un malestar gástrico y marchó a la reserva en compañía de la flamante enseña celeste y blanca, que días atrás había sido enarbolada en el río Pasaje, rebautizado por esta causa como río Juramento.

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La acción desembocó en el triunfo del ejército patriota, y una semana después, el general Manuel Belgrano redacta su parte de guerra, escrito de manera clara y con notable calidad, documento que se consideraría uno de los mejores redactados de la Guerra de la Independencia. “El general Bartolomé Mitre, y con él, la mayoría de los historiadores argentinos, encontraron en este parte de Belgrano un excelente relato”, consigna “De vencedores y vencidos 1813-2013”.

La Batalla de Salta significó el fin de las esperanzas de expansión hacia el sur del ejército realista. No solamente eso, en el fértil campo de batalla se enarboló por primera vez la enseña patria, la celeste y blanca, y fue la única contienda independentista que registró la capitulación y rendición realista en el campo de batalla.

Altísimo honor el del general Belgrano, que abrazó a su amigo personal Pío Tristán, eximiéndolo de entregar los símbolos de mando, gesto que llamó la atención en el puerto de Buenos Aires. Como retribución a la victoria, Belgrano recibiría de parte de la Asamblea el premio de 40.000 pesos. En otro gesto heroico más rehusó recibirlos, pidiendo que se los destine a la construcción de escuelas en Salta, Tucumán, Jujuy y Tarija. Hicieron falta 185 años para que se viera cumplido el sueño del general, pues en el año 1998 se terminó de equipar el último establecimiento educativo en Tarija, hoy territorio de la vecina nación, Bolivia.

Las batallas de Salta y Tucumán son el emblema de la valentía de un ejército y de un pueblo que no se rindieron jamás, juntas y de la mano trazaron el camino de la independencia, guiada por verdaderos héroes, valientes insignias del patriotismo y ardor de los más profundos ideales.

Por Carolina Mena Saravia para Voces Críticas