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Alberto A. Arias: “La crítica siempre es autocrítica”

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti
miércoles, 24 de junio de 2020 · 19:19

Alberto A. Arias nació el 23 de febrero de 1954 en la ciudad de 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside en la ciudad de Florida, en la misma provincia. Entre 1972 y 1977 participó en grupos teatrales y literarios. Fue director de la revista “Poddema”. Integró entre 1979 y 1987 el Grupo Surrealista Signo Ascendente. Es parte del Colectivo Signos del Topo, que administra www.signosdeltopo.blogspot.com y dirige la revista homónima, además de libros, plaquetas y afiches. Desde 2007 ha difundido por las redes artículos, poemas y pronunciamientos artísticos, culturales y políticos. En la edición de las “Obras (1923-69)” se va materializando su labor de recopilación y ordenamiento de los textos del poeta Jacobo Fijman. Desde 2010 está abocado a la recopilación y difusión de la obra y la acción política de la revolucionaria socialista e internacionalista Rosa Luxemburg. Para ello ha fundado, junto con Danara Borge, el Espacio Rosa Luxemburg: www.espaciorosaluxemburg.blogspot.com. Poemas, notas y artículos de su autoría se han divulgado, entre otros, en los siguientes medios: revistas “Cultura”, “Show”, “Poddema”, “Signo Ascendente”, “Crisis” (2da. época), “Clepsidra”, “Hojas del Caminador”, “En Defensa del Marxismo” y “Signos del Topo”, así como en los diarios “La Voz”, “La Razón”, “El Tiempo” (de la ciudad de Azul), “El Tiempo” (de la provincia de Tucumán), “Río Negro” (de la provincia de Río Negro), en los periódicos “Madres de Plaza de Mayo”, “Nueva Presencia”, “Prensa Obrera”, “La Estación”, “Redes Norte”, “Cuentos y Poemas” y en los boletines “Arte y Revolución”, “Garabatos” y “Lucharte”. Además de en los cuadernillos “Contra el Imperio de la Guerra”, “Los ríos”, “Arco voltaico y Sitio de cuatro vientos”, “Equívocos frente al arte”, su quehacer se difundió en “Los sueños” (con el artista Luis Morado; edición artesanal, firmada y numerada, formato caja), en el volumen de relatos “Las muertes” y en los poemarios “Himnosis, 1” (antología), “Lo (19 poemas)”, “Actas de Hoambre”, “Primeros poemas (1974-79)”, “Poemas de Lo” y “Gretel, un día un año” (Libro 1 de “Las Soleónicas”, en 2019).

          RR — ¿Empezamos a conocerte, Alberto?...

          AA — Antes de remitirme al pasado comentaré sobre el “presente”. Durante los últimos años hubo una cantidad de sucesos en mi vida que me impidieron dedicarle todos los tiempos y esfuerzos a mis pasiones: la poesía —entendida como actividad del “qué-hacer-soñar-desear”— y el arte, la cultura y la política —entendidos como ámbitos de la lucha emancipadora de las clases explotadas y oprimidas bajo el capital, en pos de la revolución proletaria, el socialismo y la libertad.

          Desde este presente, desde donde me juzgo sin autocomplacencia, al revisar el conjunto de lo hecho y escrito noto que no es poco lo concretado desde mis veinte años, a pesar de algunos extensos lapsos de silencio, a veces “natural” y elegido, a veces forzado por el carácter social de nuestras vidas. También veo que, desde mi adolescencia hasta la actualidad, tanto los temas, preferencias y obsesiones como, por así decir, el “rumbo” que tomaron mis escritos y composiciones, desenvolvieron su marcha por esta trifásica banda de Moebius elegida a gusto: el amor, la poesía, la libertad (aunque con desvíos, tropiezos, enredos y a veces patéticos extravíos en el bosque sombrío que, según la temporada y sus meteoros de inclemencia, algún árbol supuestamente “maravilloso” me ocultaba).

          Amor, poesía, libertad, es decir: lo que el surrealismo eligió como “objeto y causa” del deseo; ese norte que a todos sin excepción nos excede (a los individuos, al surrealismo y a la revolución proletaria socialista incluidos), en el sentido en que debe entenderse, como bien lo dice André Breton refiriéndose a la libertad, más como una “fuerza” que como un “estado” —y, agrego, más como un multiverso en expansión que como una burbuja cerrada y “autosuficiente”.

          RR — ¿Y el pasado?...

   

          AA —  El “pasado”... Veamos, Rolando, algunos números y ciertas determinaciones. Nací en la ciudad de 9 de Julio, en la provincia de Buenos Aires, el 23 de febrero de 1954. Pero no tengo patria, soy internacionalista. Mi matria/patria deseada, que debería concretarse en este siglo 21, es la Internacional proletaria y socialista, que debería ser fundada, expandida e instalada en el mundo entero si queremos que sea auténtica y triunfante; es decir, si deseamos que la humanidad (a la fecha, más de 7 mil millones de habitantes) tenga alguna esperanza de salir de su “prehistoria”. Mientras no exista, me sentiré inevitablemente ‘apátrida’ y ‘amátrida’. Vale aclarar: esta Internacional jamás debiera ser un “aparato” sino la asociación más masiva, ágil, igualitarista y efectiva posible, en función de la humanidad deseable.

          Soy el tercer hijo de una pareja que tuvo cinco; los tres primeros, varones, luego, dos mujeres. Mi padre tuvo otros dos hijos varones con su segunda esposa, Isabel. El mayor de mis hermanos, Alejandro, se suicidó a los veinte años (cuando yo tenía quince). Una de mis hermanas, Laura, falleció en junio de 2019. Con mi hermana y hermanos sigo en contacto —la relación con ellos es a veces asidua e intensa, a veces esporádica. Ellos son Aníbal, Felicitas, Pedro y Nicolás.

          El amor fundamental brindado por mi madre, Dora, es lo que me ha permitido llegar a la sexta década de vida; su fragilidad y situaciones personales fueron compensadas por virtudes que dejaron huella en mí: a su sensibilidad sumaba su interés por la lengua y la buena literatura; de hecho, fue ella uno de mis primeros lectores y se mostraba interesada en lo que hacía poéticamente. De mi padre, Hipólito, conservo el recuerdo de numerosos viajes felices y experiencias campestres y sociales (en relación con su ocupación como ingeniero agrónomo), así como políticas, positivas y optimistas. Otras personas de mi familia (especialmente una tía y un tío paternos) también han jugado un rol decisivo en mi desarrollo, aunque no pude agradecérselos a tiempo.

          En mi infancia, pubertad y adolescencia hay muchos momentos memorables: temporadas en el campo y en los aires libres; los juegos y los deportes y sus peripecias; las novias y los abrazos y los aromas de la eternidad; los “amigos-para-siempre” que luego hemos de perder; las pequeñas travesuras vividas como enormes aventuras; los cielos absorbentes donde nacen las nubes; los mares y los campos infinitos donde el ser se agiganta; los primeros versos leídos; mis primeros escritos; luego el teatro y el arte... y ¡tanto más!

          Pero en este periodo temprano (sobre todo en la niñez) ha sido quizá demasiado importante la presencia del pesado conflicto intrafamiliar y mi deseo y modo y esfuerzos por salir de allí, cosa que queda patente en mi poema “La fortaleza” (“–Fue entonces que construí acá mi primera fortaleza”). También lo maravilloso, los variopintos conflictos, el descalabro, la fantasía y la intensidad amorosa de mis primeros años aparecen patentes, a veces de soslayo, en muchos de mis poemas y narraciones. Pero sobre todo aparecen casi concentrados en “Gretel, un día un año” —aunque el propósito consciente de esta obra no haya sido en absoluto autobiográfico.

          ¡Ay, la adolescencia! Es en este periodo donde todo hace eclosión “rimbaudiana”. Mis primeras e intensas lecturas poéticas tempranas que me dejaron su huella fueron: Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado, León Felipe y Walt Whitman en la pubertad y primera adolescencia; luego, César Vallejo, Oliverio Girondo, Dylan Thomas, Jacobo Fijman, William Blake, Novalis, Friedrich Hölderlin, Gérard de Nerval, Antonin Artaud, Conde de Lautréamont, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Guillaume Apollinaire: Con semejante dosis en poco tiempo, ¿cómo no sentirse impulsado a bailar al borde del abismo como un galápago enamorado de las ánades que prometen llevarte por los cielos con la condición imposible de cumplir: no abrir la boca? (me refiero a la fábula de las ánades y el galápago, del libro “Calila y Dimna”).

          A continuación: William Shakespeare, Alfred Jarry, Bertolt Brecht, Marcel Schowb, Pierre Reverdy, Georg Büchner... Luego: André Breton y los surrealistas, Karl Marx y los marxistas, Sigmund Freud y algunos freudianos, sin olvidarme de unos prematuros Charles Fourier y Georg Ch. Lichtenberg... Pero todo ello leído a menudo abarrotadamente y no siempre en profundidad, sin darme mucho tiempo para la mejor asimilación de tantas cuestiones teóricas y prácticas de las que de algún modo me sentía partícipe pleno y que me proponía encarar y quizá —aunque sea para mí mismo— en buena medida resolver.

            Hay también algunos narradores leídos en esa época que me dejaron “qué desear”: Ray Bradbury, Horacio Quiroga, José Revueltas, y algunos “clásicos”, entre muchos otros.

            En fin: un multiverso al que se ingresa “iniciáticamente” para tratar de pisar, volar y nadar a placer por este mundo que nos toca y nos golpea y nos subleva y nos hace morir de vida “supervivida” –Ah, sí, el exceso de sensaciones que buscan su centro, el cúmulo de interrogantes que buscan sus respuestas y verdades, el acopio de experiencias que quieren construir realidades nada fáciles de conciliar y concertar con este mundo “donde reinan Eros y Tánatos y sus ejércitos de Bienmalos y Malbuenos metiéndosenos hasta en los tuétanos —que nos tornan seres casi incomprensibles e intolerables—, que nos atraviesan hasta bienmatarnos mientras nos malviven en su ‘otredad’…” (palabras de un poema inconcluso).

            Solamente años después pude ya desear y concertar lecturas más variadas y de autores no “inevitables” sino más a tono con nuevas búsquedas y una saludable apertura en abanico: los poetas Miguel Hernández, Juan L. Ortiz, Agustín García Calvo, Ángel Crespo, Mario Satz, Julio Huasi, por nombrar solamente algunos poetas disímiles y en castellano a quienes aún leo con placer (élan singulares, confluencias pasionales, afinidades electivas). Estoy hablando exclusivamente de preferencias y atracciones, entre múltiples y variadas lecturas. Buenos poetas y buenos poemas, de hoy y de ayer, abundan.

          Definiendo entonces ese periodo tan complejo cuan pletórico que es la primera juventud, digo: aquí hay como una ruptura y a la vez continuidad con algo que apareció en mi adolescencia: la vocación poética. Sin entrar a discernir de qué se trata ese algo, afirmo que desde ese momento quise y supe que mi vida estaría atravesada por la poesía —al menos como la empezaba a entender: inseparable del amor y la libertad. “Idealizaciones” incluidas y jamás renegadas, más bien “materializadas” de facto, esa ha sido mi “guía práctica”.

          Empecé un periplo de búsquedas grupales en torno del teatro y la poesía. Y fue entonces que me dirigí un poco ciego a la búsqueda de algún “remedio” para lo que entonces creía que me aquejaba: una insatisfacción profunda ante el mundo personal, familiar y social; es decir: el mundo entero. La cruel sociedad de privilegios, posesiones y explotación en la que vivimos nos da razones de sobra para colocar afuera toda la ira que algunos cargamos desde la edad en que “no se sabe que no se sabe”.

          RR — Así que el teatro y la poesía.

          AA — Sí, yo diría la etapa pre-surrealista. Hacia 1972, mi primigenia búsqueda poético-teatral, pseudo artaudiana, me había conectado con Alberto Muñoz, con quien establecimos, durante un par de años —que parecieron décadas, como suele suceder a esa edad—, una fuerte amistad creativa.

          Como pequeñas grandes aventuras previas a mi periodo (o pasaje) pleno en el surrealismo debo mencionar también —corría 1974— mi ingreso a una experiencia colectiva teatral que se llamó Centro Cultural Alternativo, heredero de la Comuna Baires. Tenía yo veinte años. Publicábamos la revista “Cultura”, que salíamos a vender cada noche en la puerta de los teatros y cines. Prácticas dramático-teatrales y buenas lecturas (Jerzy Grotowski y otros) son lo rescatable de esa experiencia. Además, compartimos momentos inolvidables con Graciela Masetti y Luis Morado, amigos con quienes aún hoy, habiendo sorteado todas las difíciles peripecias de estas décadas, seguimos encontrándonos y, en lo posible, interviniendo creativamente en los ámbitos en que coincidimos. Salvando esto tan importante, una atmósfera recalcitrante de secta autocomplaciente y psicológicamente desequilibrada casi nos asfixia a todos los que pasamos por esta distorsionada “comuna”.

          En ese momento concertamos un “matrimonio” legal con mi pareja de entonces (juntos integrábamos la susodicha “comuna”), con la sola intención de ayudarme a escapar a la obligación de hacer el servicio militar, de donde sin duda (de eso estaba seguro) no saldría con vida, dada la situación política del momento (transcurría 1974) y mi incapacidad para tolerar órdenes de ese estilo. (Dicho sea: ¡no hay palabras suficientes, ahora lo sé, para agradecerle a mi compañera de entonces, Claudia, ese gesto que también “me salvó la vida”!)

          Tanta crisis sin resolver, más una situación familiar muy dolorosa, hicieron que me escapara al campo. Ya separado de mi pareja, en 1975 me fui a Pergamino. Allí viví con mi padre, su esposa y mis dos hermanos menores, e hice trabajos en una quinta productiva que ellos sostenían. Comencé a trabajar en la imprenta de la ciudad y a participar en el Grupo Literario Pergamino, para el que redacté un Manifiesto, que fue publicado en la principal revista de la ciudad. Conocí a militantes del Partido Socialista de los Trabajadores (“morenista” —por Nahuel Moreno) y me interesé por primera vez en el marxismo, en el trotskismo y en la “revolución permanente” (aunque las primeras lecturas surrealistas y vallejianas ya me habían aproximado sumariamente a un básico socialismo revolucionario).

          RR — Y después del ’75, al año siguiente, ya sabemos, el golpe cívico-militar.

          AA — Fue a pocos días del golpe (a mediados de abril, creo) que viajé a Buenos Aires, abandonando Pergamino. El partido me había dado como tarea traer al local central (con mis veintidós años, recién incorporado, militante nada preparado, y a solo días, como dije, del golpe criminal), en el barrio de Once, una buena cantidad de materiales políticos. Ahí tenemos una muestra de la frágil concepción política y de la errónea caracterización del golpe del general genocida Jorge Rafael Videla por parte de dicha corriente política. Llegado a las puertas del local, esperando que abriesen (había blindaje y hombres armados custodiando desde adentro el local) se acerca un coche con cuatro tipos adentro; me llaman, y con total inconsciencia me estaba acercando a ellos. Al tiempo que estos sátrapas me preguntaban “¿Se hace la Escuela de Cuadros, no?”, desde el local dieron un grito que me salvó la vida, ordenándome que volviera inmediatamente. Hoy probablemente estaría en la lista de las decenas de miles de secuestrados-desaparecidos.

          Fue entonces que conocí a Marcelo Gelman, con quien comencé una tan intensa como frustrada amistad, truncada salvajemente por la dictadura cívico-militar genocida, que lo secuestró, torturó y asesinó, junto con su compañera Claudia (María Claudia García Iruretagoyena), de 19 años y embarazada de seis meses.

          Como verás, estos hechos que vienen insistentemente a mi memoria y nos “marcan”, funcionan como determinantes que nos hacen hacer una cosa u otra, elegir esto o aquello. Se trata, sí, de estados de “excepción” medularmente vividos que al fin constituyen la “norma” y la “savia” misma (sean las circunstancias tristes y terribles, o sean esperanzantes y propiciadoras de grandes luchas) de los días que vendrán.

          RR — Hablemos de tu obra. O, manos a la obra.

          AA — Como dije, bajo el título ‘Margen meridiano’ voy reuniendo mi obra. Siempre me pareció fundamental tener una perspectiva general de la misma, incluso temporalmente hablando. Por eso hace ya mucho decidí incluir al pie de cada texto, formando parte inseparable, el año de composición. El registro histórico hace al movimiento y a la participación social y cultural. La ‘intemporalidad’ en devenir se juega en la temporalidad y en la historia, fuera de la cual no se concibe la vida humana. Pero es justamente por esto que a menudo cobra valor lo supuestamente “perimido” o “pasado” (incluidas las “formas”) así como lo que puede haber de prospectiva en la obra de arte. Me gusta jugar con las vueltas al pasado y con el devenir. En los poemas, en el arte, encontramos las posibilidades de manifestación no consciente de la “concurrencia y concatenación” históricas efectivamente vividas… y de ese modo se hace “de hecho” la crítica del instante temporal/intemporal en el que nos desarrollamos como seres vivientes. Sincretismo (estoy usando esta palabra un poco a piacere), multivalencia, contradicciones vitales en varios planos de la manifestación poética, son el “medio ambiente” en que busco y, a veces, me parece “encontrarme a mí mismo”. Ese es el “magma” y he ahí la “zona” de lo posible/imposible: el deseo mismo en acción.

            Durante muchos años me consideré un “poeta del (en)sueño”. Luego comprendí que la realidad y materialidad del sueño, la fantasía, lo simbólico y la imaginación, tanto como tutti quanti que hay sobre el planeta Tierra y más allá aun hasta el multiverso aún no “visto” ni “conocido” ni “fundado”, son los que nos determinan en forma integral. En esta sobredeterminación “natural y total” actuamos, transformando y transformándonos. Un pequeño poema de pocas líneas, tanto como una obra artística vasta y complejísima, puede y debe alimentar, para bien (subrayo eso), un instante de la vida de un ser humano o de muchos y esto proyectarse a través de los tiempos. ¿No constituye así lo que llamamos “el milagro poético”? Podemos denominarlo “iluminación”, así como las artes plásticas llaman “iluminar” al acto de darles colores y perspectivas nuevos a las imágenes “grises” o blanquinegras, para que cobren vida y nuestra realidad se alimente de este cambio, de esta transformación.

            Parafraseando a André Breton cuando habla del carácter de la imagen analógica, del “signo ascendente”, podemos afirmar que la tarea del poeta (del artista) debe ser “edificante” en el único sentido en que esta palabra tiene razón de ser en estas landas: una “exigencia que, en última instancia, bien podría ser de orden ético” (…), “no reversible” entre unas y otras realidades convocadas, “volcada en lo posible hacia la salud, el placer…”, y teniendo por “enemigos mortales lo despreciativo y lo depresivo”.

            Trabajo simultáneamente en obras diversas. Los poemas invariablemente los manuscribo. Otros textos puedo hacerlos a teclado, pero los poemas no. Son hojas y cuadernos y carpetas y archivos con materiales que luego van construyendo sus pequeños edificios, separados por “géneros”, y estas secciones toman sus títulos. Voy reuniendo todos mis poemas en “Alturas del poema”; mis relatos, cuentos y narraciones en “Narrativario”; mis artículos, notas, manifiestos y ensayos en “Mensajes meridianos”, y así en adelante. Otras “series” de “obras en marcha” y, quizá, de largo aliento, llevan por nombre “Las Soleónicas”, “Himnosis de Humanía”, “El Hoambre”, “Versiones son amores”, y algunas más.

            Mis últimos libros publicados, de gran importancia para mí, son “Poemas de Lo” y “Gretel, un día un año” (que es el primer libro de “Las Soleónicas”).

            Actualmente, lo que puedo lo difundo por las redes (por supuesto con mis límites), sea en un blog propio (margenmeridiano.blogspot.com) o en los espacios a mi alcance. En este momento también estoy muy entusiasmado con la lectura a viva voz (para su difusión pública) de mis poemas, una práctica que siempre acompañó, en la intimidad, la concreción de mis poemas (ingrediente indispensable en la “escritura-composición”, “el oído que canta, que danza sobre las olas de su ceguera…”).

            No quiero dejar sin mencionar una actividad propia que avanza íntimamente, sin pausa ni prisa, desde hace ya por lo menos una década: la actividad artística-escultórica. Trabajar manualmente, con materiales de modelado y moldeo, y ligarlos a un universo poético propio, me está dando, por ahora de puertas adentro, una satisfacción que quizá alguna vez pueda mostrar sus frutos. ¿Su origen? Allí hacia mis doce años de edad, cuando pusieron en mis manos esos mágicos materiales que se llaman arcilla y plastilina.

            Hoy siento que, a esta edad, le faltan días al calendario, y horas al día, para realizar todo lo que quiero y pretendo hacer. Pero, ¿no es esto lo que sana y necesariamente habrá de ocurrirle a cualquiera que vislumbre, delante de sí, aunque sea una mínima porción de eso que llamamos “actividad poética”?

          Pero, como bien se dice: la cantidad de lo hecho no cuenta, sino la calidad (salvo cuando la primera transforma a- y se transforma en- la segunda). Siempre pensé que un artista —mediante un distanciamiento posible— debería estar en condiciones de reconocer la cualidad de su propia obra, es decir, sus características, propiedades y perspectivas. La crítica siempre es autocrítica —nada ni nadie puede escapar a esto— y la autocrítica es siempre una acción teórico-práctica colectiva, aunque no lo parezca, y aunque tal o cual colectividad, o individuo, no tenga conciencia inicial de su condición. La crítica es el núcleo “corrector” de la praxis. La crítica-autocrítica: he ahí la posibilidad incesante, no sólo para las obras sino para la propia vida individual/social.

          Es más: la elaboración misma de una obra suele suceder en un “no se sabe dónde” de esa zona imaginaria a la que se regresa una y otra vez para el impulso inicial o ‘iniciático’, zona en la que se irá desenvolviendo la puesta en juego física, material, afectiva, emocional, intelectual, política y social de esa “cualidad” (como dije antes: las características y propiedades singulares de la cosa de que se trata) capaz de concretar el impulso vital que ha marcado desde siempre el “qué-hacer-soñar-desear” poético, que es individual-colectivo. Impulso vital que Arthur Rimbaud describió con justeza y parece que (casi) de una vez y “para siempre” (al menos para este periodo histórico): “Si lo que trae de allí abajo tiene forma, da la forma —si es informe, da lo informe”.

          El hacer poético (que, repito, es un qué-hacer-soñar-desear) consiste en una pura/impura “sujetividad” objetiva (‘sujetobjeto’: concatenación indisoluble), donde no es “uno” el que importa sino lo hecho que se mueve (o se detiene, o lo que sea) en una posibilidad colectiva y mundana por así decir finita-infinita. De ahí que: “Seres pasan, obras quedan”. “Cuando quedan” —hay que agregar.

          A propósito de todo esto: si en alguna coordenada de los tiempos alguien se atreviese a intentar una definición de mi actividad poética, yo vería bien que usara conceptos similares a los que subrayé en un párrafo que Dylan Thomas dedica a Wilfred Owen (en su selección “De pronto, al amanecer”). Salvando las diferencias, me identifico plenamente —hasta casi poder constituir una especie de nudo gordiano o mini Manifiesto propio— con estas palabras:

          “No se puede hacer generalizaciones sobre la edad y la poesía. Los poemas de un hombre, si son buenos poemas, son siempre muy mayores que él mismo; y a veces no tienen edad. Sabemos que la forma y la estructura de sus poemas sufrirían continuos e infatigables cambios; aunque el propósito que los sostenía hubiera permanecido inalterable, habría experimentado sin cesar sobre su técnica, conduciéndola cada vez más adentro, hacia la intensidad final del lenguaje: las palabras detrás de las palabras. La poesía, por naturaleza, es experimental. Todo impulso poético se dirige hacia la creación de una aventura. Y la aventura es movimiento. Y el final de toda aventura es un nuevo impulso que otra vez se resuelve en creación. (…) Los sucesos dictan el curso de la poesía.”

          Con las últimas palabras de esta cita puede quedar clara mi adscripción a una concepción por así decir ‘monista-dialéctica’ de, también, el quehacer poético, que en alguna página redefiní así: “una concepción monista dialéctica del poema”, ya que individual y colectivamente hablando “somos seres histórico-naturales y meta-psico-físico-sociales”.

          Sin duda de este modo aparecen condensadas la mayoría de las cuestiones poéticas que me interesan y a las que considero haberme entregado, “así como se arroja uno a la corriente del río”.

*Entrevista realizada a través del correo electrónico: entre las ciudades de Florida y Buenos Aires, distantes entre sí unos 16 kilómetros, Alberto a. Arias y Rolando Revagliatti, 2020.

Fuente: http://www.agora127.com/cul30revagliatti.html 

CV: abreviado:

Rolando Revagliatti nació el 14 de abril de 1945 en Buenos Aires (ciudad en la que reside), la Argentina. Publicó en soporte papel un volumen que reúne su dramaturgia, dos con cuentos, relatos y microficciones y quince poemarios, además de otros cuatro poemarios sólo en soporte digital. En esta condición se hallan los Tomos I y II de “Documentales. Entrevistas a escritores argentinos”. Todos sus libros cuentan con ediciones electrónicas disponibles en http://www.revagliatti.com – Sus producciones en video se encuentran en http://www.youtube.com/rolandorevagliatti y en https://vimeo.com/user19828367/video

 

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