SALTA.- Tiempo penitencial declara la Iglesia Católica al espacio que va desde el Miércoles de Cenizas hasta el Domingo de Gloria o Resurrección. Época de prácticas religiosas y “sacrificios” cárnicos, donde debiera sacarse la viruta de los espíritus para dejarlos en estado de purificación. De hecho, nada más que teoría y mucha práctica “para la tribuna”. En la realidad, según una encuesta realizada recientemente “9 de cada 10 cristianos, son hipócritas”.

Ya lo advertía el mismo Cristo: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos…” (Mt. 7, 21-23); y en localidades tan expresivamente religiosas como Salta, en más o en menos, todos se conocen y saben que la asistencia al templo raya en la figuración. En otros casos, la militancia de jóvenes dentro de movimientos cristianos es “para levantarse novias o novios”, sin olvidar que entre los mayores suelen ocurrir asociaciones de parejas que celebran reuniones pantagruélicas con un asesor espiritual, donde algunos tienen doble o triple vida. Quien se rasgue las vestiduras ante esta descripción, será pues, el primer hipócrita. 

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No menos conocido son los casos de quienes van a ciertas misas “porque son cortas” o porque “el cura habla lindo”, cuando el “lindo” no resulta ser el cura. Ocasiones hubo en que los feligreses llenaban cierto templo porque el evento duraba “unos quince minutos”, comulgaban de manos del sacerdote y luego lo empalaban ahí nomás, en el atrio, con la Sagrada Forma aún no deglutida del todo, hablando de su vida personal. 

Qué decir de las venerables señoras que se “apropiaban” de determinados santos en las iglesias para mantenerlos en forma debida para el culto, a veces personas poseídas por la falta de caridad que utilizaban el momento para discernir con otras sobre la pecaminosa vida de “esa” o “ese” mientras se alcanzaban las flores de recambio. Algunas solteronas que vertían así la realidad del viejo dicho “se quedaron para vestir santos”. 

No menos folklóricos resultan algunos personajes que hacen uso y abuso de una piedad que en realidad es una piel de cordero, y allá van, en ropas casi andrajosas predicando en cuanta novena y procesión encuentran, vendiendo santos y medallitas, imprecando por la caridad para los pobres mientras acumulan cantidades de dineros con los que fungen luego como prestamistas. O tienen, a más, indecorosas vidas alejadas de la virtud. 

Los rezadores profesionales ocupan también un rubro particular, desgranadores de rosarios al modo de una metralla espiritual ocupan en tiempos cuaresmales sitiales cercanos al plano principal del altar para lucir su maestría en letanías e imprecaciones, repartiendo admoniciones a los pecadores que no se “convierten y viven”, casi un revival del farisaico y soberbio “Yo no soy como aquellos”. Terminada la función, pasarán a numerarse en la claque de censores de la vida personal del cura y otros acólitos en un claro ejemplo de mirar la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. 

Quedan también los desarrolladores de loteos en el Cielo, aquellos que poco menos venden indulgencias porque son amigos del obispo y “pueden hablar por el problema” que le aqueja el alma al penitente, como si la culpa fuera transferible como un cheque o la confesión pudiera evadirse a través de un intermediario. 

Interesantes son los casos de algunos “Ministros de la Eucaristía”, laicos que por sus aptitudes espirituales vaya a saber por quién merituadas colabora en la distribución de la Comunión en misas y eventos religiosos, dando fe de que en la Viña del Señor hay de todo, así como hombres y mujeres de integridad probada, también –y suelen ser los más cercanos a la jerarquía- bribones que se apropian de lo ajeno, roban para la corona en sus negocios o mantienen sucursales de familia cuyos vástagos los llaman “tíos”. 

El rosario de las miserias humanas y espirituales podría contener más cuentas y estaciones que una línea de ferrocarril, pero sea esta descripción de caídas terrenales no para enervar la crítica a los practicantes ni a la Esposa de Cristo, sino para humanizar la fe y reparar en la debilidad de la carne que predispone al individuo a las tentaciones de todo tipo. 

Tiempos de confusión, donde hasta los sacerdotes caen de sus pedestales derribados por la denuncia pública –y judicial- que echa luz sobre sus pecados, aunque el mayor pecado sea la negación y el ocultamiento, porque como bien enseña San Pablo, “No hay peor pecado que permanecer en el pecado”. Es en este rubro donde mayor piedad y caridad cristiana hay que aplicar, ya que como bien amonesta Cristo “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

Nada más humano que el pecado entonces y como bien enseña la parábola del Hijo Pródigo, no deben los cristianos vestirse de la falsa piedad y amor a Dios del hermano mayor, sino como pecadores reconocer su necesidad profunda de un Dios verdadero (Lc. 15: 11-12). 

El hecho de que los cristianos sean pecadores salvos por la Gracia, en quienes Dios está obrando para santificarlos, no significa que sean hipócritas al no mostrar vidas perfectas — sólo Jesús vivió sin pecar (2 Corintios 5:21), sino que como señala C.S. Lewis,   “un cristiano no es un hombre que nunca hace mal, sino un hombre que está capacitado para arrepentirse”.

Por Marta Guzman para Voces Críticas