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Serán seguramente las elecciones más confusas de que se tenga memoria, dadas en un ambiente de mediocridad generalizada, donde nadie expresa ideas claras sobre lo que quiere hacer –al menos hasta este momento-, los que van asomando como candidatos sólo esbozan eslogans y donde nadie en el electorado tiene claro a qué partido pertenece en definitiva cada uno. 

Esto se debe fundamentalmente a dos cosas, por un lado la especulación política sobre la conveniencia o no de estar en uno u otro lugar, de apoyar a este o al otro, y por otro lado la ausencia absoluta de liderazgos. Se puede ver en los principales candidatos de Salta una cierta tendencia a la conducción, rapidez de reflejos políticos y capacidad de organización quizás, pero nada más. 

Un líder es algo muy distinto, configura una personalidad clara, definida, con un carisma que lo hace sobresalir del resto y sobre todo porque convoca detrás de si a los espacios y personas sin mayores esfuerzos. Además, tiene una clara visión de futuro, sabe hacia dónde se dirige, con quiénes hacerlo y cuáles serán las políticas a aplicar. 

Pero la realidad de Salta muestra sólo un ambiente de componendas, algunas tan forzadas que delatan la falta de vocación política superada por una voraz codicia de poder que lleva a que algunos “dirigentes” traicionen sin miramientos a sus partidos y seguidores. No existe mística alguna porque los partidos políticos han sido arrasados y tampoco existe militancia, porque ya el pueblo no se convoca más. 

Los líderes marcan rumbos, dejan huellas indelebles, dos rasgos hasta aquí no se han visto en ninguno de los postulantes en Salta. Porque una cosa es la elaboración política de un proyecto y otra muy distinta la conducción de un espacio a fuerza de agotadoras reuniones negociando cargos y apoyos financieros. Los líderes no hacen esto. 

Otro factor que denuncia la carencia de liderazgos es la obstinada permanencia en los cargos por parte de personajes con su ciclo vencido pero que mediante arreglos hasta desesperados han perdurado en el tiempo y pretenden seguir haciéndolo. 

Esa permanencia se logra porque al no existir un líder, el ocasional conductor precisa fortalecer su esquema de poder –legitimarlo- y así debe echar mano a todo tipo de acuerdos que siempre resultan en perjuicio de la gente y de la democracia. 

Se configura así el cuadro más tétrico que una democracia quisiera pintar porque se ha vaciado de contenido al sistema, se han destruido sus bases ideológicas y pragmáticas y al final, como diría el viejo dicho popular: “Nadie sabe para quién trabaja”.

Lic. Daniel A. Farías