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El país y gran parte de Sudamérica vive una ola desenfrenada de ateísmo y subversión de los valores que tallaron la identidad latinoamericana que fue el sentimiento que unió a los pueblos durante la Gesta de su Independencia, además de haber sido legado a posteriori de la conformación de los diversos países como un sello propio. 

Si algo ha caracterizado a los pueblos de herencia hispana es su tradición, aquellos que “traen” desde los antepasados y que les otorga un perfil definido como pueblos. Esas tradiciones agrupan a un conjunto de valores fundamentales como la vida, la libertad y la propiedad. Son categorías por otra parte reconocidas por el Derecho desde sus tempranas épocas. 

Estas afirmaciones no son meramente un discurso sino realidades tangibles que se encuentran a lo largo de todos los pueblos donde la devoción a los santos se evidencia en las fiestas populares donde además de la celebración espiritual se encuentra la realización de eventos tradicionales que tiene que ver con una cultura general. 

Está bien que estas manifestaciones son más palpables en los lugares que van quedando más al margen del avance tecnológico, pero justamente en esto radica el desafío de ser distintos, de progresar en la ciencia pero conservar la identidad. 

Últimamente ha tomado vigor una feroz corriente atea y amoral que viene avanzando vorazmente y cuyo objetivo es la desintegración de los pueblos a partir de la destrucción de su identidad. El aborto es una bandera que busca invertir el sentido de las cosas conviertiendo a la mujer, madre por excelencia y mandato de la naturaleza en el vehículo que destruya la vida. 

El feminismo aporta el segundo momento, donde la mujer convertida en homicida de su propio hijo, se oriente ahora a la destrucción de figura masculino colocándolo como un opuesto y no como un complementario, tal como debe ser según el orden de las cosas. 

Por último, con la aplicación de la ideología de género desde los primeros grados se busca pervertir la mente de los niños generando la confusión de esos valores determinantes a fin de que salgan de esas convertidos en algo que se perciban y no en hombres y mujeres útiles a su sociedad. 

Así entonces los valores más profundos que cultivan los pueblos son la última garantía de poder luchar contra la disolución que viene avanzando. De esta manera podría decirse que las manifestaciones religiosas populares y los círculos y asociaciones tradicionalistas deben ahora asumir un compromiso extra que es el de difundir este sentir popular por todos los medios posibles, rescatando al hombre en su diversidad de género que no es otra que varón y mujer. De otra manera, todos los pueblos hispanoamericanos que alguna vez lograron con esfuerzo su libertad, volverán no sólo a ser colonia sino a a caer en la más perversa esclavitud.

 Lic. Armando Esteban Quito