2024-12-18

POR FRANCO ALVARADO

Zapata, el camaleón político y la metamorfosis de un oportunista: de aliado a traidor, de "cambio"' a "casta"... ¿una puesta en escena conveniente?

SALTA (Por Franco Alvarado) Hay especies en el reino animal que generan asombro: el camaleón, capaz de cambiar de color para camuflarse; la cucaracha, que sobrevive a desastres nucleares y luego está el político oportunista, que no pertenece a ninguna de estas categorías porque las supera a todas. Mientras el camaleón lo hace por necesidad y la cucaracha por instinto, este último espécimen lo hace por pura conveniencia.

En efecto, el personaje llamado, Carlos Zapata, debiera más que a la clase política, pertenecer a la colonia artística por su capacidad para poner en escena sus espectáculos de transformismo político. Siempre con fidelidad inquebrantable hacia su jefe político, Alfredo Olmedo, con habilidad ladina, supo asociarse a extremos tan antagónicos como el kirchnerista, Emiliano Estrada, compartiendo escenario con antiguo adversario, como Felipe Biella, con supiera mantener encontradas batallas verbales donde ambos se prodigaran calificativos verdaderamente denigrantes, juicios de por medio.


Como la justicia demora tanto en expedirse, mientras esos expedientes juntaban el polvo de la desidia administrativa, ya Zapata, había hecho buenas migas con Biella y junto a Estrada, se daban la mano en un show montado con una gracia que ni los Tres Chiflados hubieran podido imitar.

De pronto, cuando los vientos del cambio libertario cambiaron de rumbo, el Zapata-Barrilete, giró hacia la renovación agitando las ideas libertarias, mientras, de paso que va, era denunciado por haberse metido en un supuesto lobby a favor del “Señor Tabaco”, el zar de la hoja fumable, que supuestamente perjudicaba a los propios productores salteños. Fiel a su sentido de la contrariedad, siendo él, uno de esos productores.

Juan Carlos Romero

Mientras se empinaba unas copas de Laborum, orquestando perdidas candidaturas con otro de sus jefes inmediatos, Juan Carlos Romero, como los teros, gritaba en otro lado ¡Viva la libertad carajo! Sumándose al aplauso de una soliviantada juventud libertaria que tildaba a Romero de “casta”, mala palabra de moda para designar al político infame. Claro, mientras, Zapata, volvía a gritar en otro lado, dejando la puerta abierta al retorno de Romero. Si el lector se perdió y no entendió, no importa. De eso se trata para Zapata, agarra una pata y con la soga mata.


Pero como el famoso “Hombre de las mil caras” que cambiaba de ropaje a la vista del público sin que éste lo advirtiera, este Zapata, hizo de sus suertes transformistas, un número que representar ante el gran público que conforma el electorado salteño. De ser gracioso, sería una buena ironía, a no ser que de ser servidor público, pasara ahora a justificar que los abuelitos se queden sin remedios y los universitarios sin universidad. Tanto, como para que la Universidad Nacional de Salta, en un caso bastante extraordinario, terminara declarándolo persona no grata.

 

 El arte de no quemar los puentes

Dejar la puerta entreabierta es el sello del político oportunista. Así, Carlos Zapata, es conocido como el “ Señor por las dudas”, que piensa que siempre es mejor tener un lugar a dónde volver cuando la marea, en este caso, libertaria, se cansara de su teatralidad. Y así, mientras coquetea con los nuevos amos del poder, envía señales de humo a su antiguo jefe, por si se diera el momento de una reconciliación.

Mientras el show se mantiene en cartel, a sus nuevos aliados les promete lealtad. Claro, hasta que las encuestas digan lo contrario. Porque en el manual del político oportunista hay un capítulo especial donde se enseña “Cómo medir la dirección del viento antes de hacer declaraciones públicas”.

Ahora, hay que reconocer el rasgo inteligente de Zapata que está en el uso estratégico del término “casta”. Mientras los concejales libertarios señalan con el dedo a su jefe, Romero como casta; él responde con una sonrisa amplia: “Yo no soy casta, soy el cambio”. Todo actor debe asumir su personaje y así, este artista del cambio lo dice con tal convicción que muchos casi hasta le creen. Casi. Porque son cada vez menos los incautos.

Al final, todo esto no es más que teatro. Un guion donde el político oportunista interpreta todos los papeles: el leal, el traidor, el renovador, el tradicionalista. Siempre con la habilidad de adaptarse a la audiencia. Porque lo único que importa no es el color de su bandera, sino que haya alguien aplaudiendo al final del espectáculo. Informa Voces Críticas. 

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