2025-02-25

Por Franco Alvarado

Carlos Zapata y el síndrome de Aquaman: de la Veleta del Cabildo a la brújula de oportunidades

Por Redacción Voces Críticas

Si en Salta existiera un premio al político que ha experimentado más cambios de dirección que una brújula en un campo magnético enloquecido, sin duda el diputado Carlos Zapata se llevaría el oro. Pero más que una brújula, estaríamos hablando de un ícono de Salta como es el legendario “Diablito del Cabildo”, esa veleta que cambia de dirección según sean los fenómenos meteorológicos y siempre con inquebrantable precisión señala para dónde mejor sopla el viento. Solo que, en el caso de Zapata, la veleta no indica el clima, sino la corriente política que mejor le acomoda a sus intereses en cada momento. Y vaya si este Zapata ha girado.

De origen olmedista -sí, de aquel Alfredo Olmedo que se enorgullece de ser el último dinosaurio de la ultraderecha y que hizo de la campera amarilla su bandera ideológica (¿o zoológica?)-, Zapata empezó su carrera política abrazado a la moralina conservadora y los discursos grandilocuentes de la “nueva política”. Pero, como todo buen equilibrista del poder, entendió rápido que la coherencia es un lastre y que lo importante no es de dónde venís, sino hacia dónde podes acomodarte. Así fue como, sin pestañar, saltó de aquel nido de ultraconservadurismo a convertirse en aliado de Sergio Massa, el hombre que en algún momento fue el rostro renovador del kirchnerismo y, luego, el más ferviente converso al pragmatismo extremo.

Pero la elasticidad ideológica de Zapata no se detiene ahí. En su momento, hasta llegó a tener una estrecha relación con Emiliano Estrada, un personaje que supo hacer del oportunismo una estrategia política. Antiperonista de nacimiento, peronista por conveniencia y renegado democrático en sus ratos libres, Estrada fue el socio perfecto para un Zapata siempre dispuesto a recalibrar su brújula según la dirección de los vientos electorales. Ni el corrimiento del eje magnético de la Tierra cambia tan rápido de Norte como el Zapata.

Y entonces, cuando todos lo veían darse la mano en cámara con Emiliano Estrada, como si el espectáculo de la contradicción no fuera suficiente, volvió a girar, esta vez en un giro más acrobático que los de un trapecista sin red, se sacudió el kirchnerismo, despegándose de todo rastro de Massa y Estrada, y redescubrió su esencia liberal, abrazando con fervor el mileísmo. Hoy, con un tono severo y la ceja enarcada de quien se cree impoluto, se erige como defensor de la República, sin que le tiemble el pulso al borrar su pasado reciente con la misma rapidez con la que cambia de dirección el Diablito del Cabildo en plena tormenta.

Lo dicho, Carlos Zapata no es un político, más bien es un fenómeno meteorológico. Es la personificación de la conveniencia hecha estrategia y “militancia”. Sí, porque Zapata es como Aquaman, no importa donde lo echen, tomará la forma del envase que lo contiene. Como tampoco tiene color, asumirá el color del envase, y lo más fascinante es que, en este perpetuo juego de máscaras y alianzas efímeras, siempre encuentra la manera de reinventarse. Porque si algo nos enseña la política salteña, es que mientras el viento sople, la veleta girará… y Zapata también.

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