Por Franco Alvarado
|JOSÉ GAUFFIN| ¿Senadores para cerrar el Senado? La incoherencia hecha campaña
SALTA (Por Franco Alvarado) Cuando no existe ninguna idea coherente para proponer, lógico es proponer algo incoherente. Así, entre la oferta electoral hallamos la propuesta de José Gauffin, quien pretender ser senador ¡Para cerrar el Senado! Se han visto cosas locas últimamente, pero ésta de Gauffin, se halla entre las más disparatadas y que representa un modo contradictorio de esta nueva moda política que mezcla oportunismo, cinismo y olvido selectivo.
Muchos de los que hoy prometen "bajar el gasto político" llevan décadas viviendo del mismo gasto político. Esto demuestra que hay ideas que nacen de la reflexión y otras que, directamente, parecen surgir del fondo de una taza de café frío, abandonada en alguna reunión de asesores apurados.
Si bien, ambos términos terminan con “ismo”, no es lo mismo el oportunismo que se disfraza de heroísmo; así la política nos regala este nuevo absurdo, el de un candidato a senador que propone quedarse sin trabajo. La propuesta de Gauffin, de cerrar el senado si él llegara a ese cargo, es lo mismo que un empleado que desea ingresar a trabajar a un establecimiento para sabotearlo cuando lo tomen. En este caso, es aspirar a sentarse en un sillón para serrucharle las patas.
Antes estos argumentos, el ciudadano ya encuentra difícil saber si se trata de un acto de fe, de provocación o simplemente de una búsqueda desesperada de titulares. Pero la paradoja es tan evidente como absurda. ¿Cómo se postula alguien a una función que considera innecesaria? Es como imaginar a un bombero haciendo campaña prometiendo no apagar más incendios, o a un médico jurando no atender pacientes.
Pero el cinismo no termina allí.
Candidatos como Gauffin, llevan más de dos décadas viviendo del Estado. Han ocupado todos los cargos imaginables: concejal, diputado provincial, funcionario, y ahora, cuando ven acercarse el final de su ciclo -cuando ya no hay más cargos por mendigar- descubren, de pronto, que el Senado sobra. Pero allá vamos.
Durante años, Gauffin, no cuestionó nada. Fue parte del sistema que hoy repudia con teatralidad. Un personaje como Gauffin utilizó el presupuesto público, los viáticos, los nombramientos y los beneficios. Y ahora, como si la memoria del pueblo fuera tan frágil como quieren que sea, se presenta cual cruzado del recorte, adalid de la austeridad y enemigo de los privilegios, después de haberse servido de todos ellos.
En definitiva, lo que el ciudadano está viendo no es un proyecto político sino un acting. Una especie de stand up político que busca aplausos a costa de la seriedad democrática. Y, lo más triste, es que algunos lo aplauden sin advertir que detrás del chiste se esconde la renuncia a todo debate serio.
Este tipo de campañas como la que propone Gauffín, no contiene ideas de fondo, sino una muestra gratis de marketing. Individuos como este no buscan mejorar la calidad institucional, sino captar el voto del hartazgo, de la bronca ciega, aunque sea a fuerza de dinamitar las bases mismas de la democracia representativa.
Que la democracia necesita reformas, sin dudas. Pero no necesita actores de reparto en busca de una última ovación. Y mucho menos necesita legisladores que, en vez de legislar, lleguen con dinamita bajo el brazo.
Si tan convencido está de que el Senado no debe existir, lo coherente sería no postularse. Pero claro, hay algo que pesa más que las ideas: la necesidad de seguir estando. De aparecer en la boleta. De no desaparecer del radar político, aunque sea proponiendo una desaparición institucional.
El rol del Senado puede y debe ser discutido: su composición, su estructura, su eficacia. Pero discutir no es demoler. Y mucho menos disfrazarse de piquetero institucional justo cuando uno está haciendo fila para cobrar el último cargo posible.
Porque, al final, no se trata de eliminar instituciones, sino de elegir mejor a quienes las ocupan. Y si hay que hacer limpieza, que sea de mediocres, no de las herramientas de la república. Informa Voces Críticas.