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Estremecedores audios sobre las intimidades y el maltrato en el Geriátrico Maldito: cómo era la vida de los abuelos condenados

Los abuelos eran sometidos a impiadosos maltratos en el "Hogar Sustituto"
Estremecedores audios sobre las intimidades y el maltrato en el Geriátrico Maldito: cómo era la vida de los abuelos condenados
Estremecedores audios sobre las intimidades y el maltrato en el Geriátrico Maldito: cómo era la vida de los abuelos condenados
Por Redacción Voces Críticas
jueves 15 de noviembre de 2018

SALTA.- Uno de los problemas sociales de esta época es el abandono de los mayores por parte de su propia familia que los deposita en hospicios donde quedan abandonados a su suerte. La ancestral costumbre de cuidar de los abuelos hasta su fin ha quedado en el olvido y así éstos quedan librados a la suerte de comerciantes inescrupulosos que lucran con estas personas, que una vez ingresados quedan librados a la suerte. 

Recientemente ha salido a la luz el caso del Geriátrico ubicado en Villa Soledad, "Hogar Sustituto", donde los abuelos eran sometidos a impiadosos maltratos por parte de su propietaria quien además carecía de la documentación habilitante. 

La situación tomó estado público a partir de la rebelión de las trabajadoras del hospicio que comentaron en exclusiva a Voces Críticas,  detalles de la vida diaria que se desarrollaba en el lugar. 

Una de las que accedió a comentar pormenores de la vida en el asilo relató la tensión que vivía con la propietaria ya que no permitía que durante su turno se tocara a ningún abuelo. 

No sólo se trataba de la vida malsana que llevaban, sino que además Marta –la propietaria- no les abonaba los sueldos y así llevaban a la fecha de cierre más de dos meses, sin poder cobrar,  a pesar de lo cual permanecía en su puesto para evitar que la dueña abusara de los internos a quienes hacía levantar temprano movilizándolos a los gritos y para desocuparse de ellos los enviaba a la cama apenas llegaba la tarde. 

Un total de 16 ancianos internados que estaban a cargo de una sola persona que debía higienizarlos, alimentarlos y protegerlos del maltrato de la dueña que, además, se desinteresaba de los problemas de salud que padecían algunos ancianos, negándose a llevarlos al hospital o llamando un médico para que los atendiera, por ejemplo, de problemas respiratorios o dificultades para alimentarse. 

Casos como los de Carlos o Hipólito (hacemos reserva de los apellidos, obviamente) o Elba reflejan el maltrato físico a que eran sometidos presentando hematomas: “Doña Marta me ha estirado del brazo y me ha hecho subir la sangre para arriba’, comentaba la última mientras “Doña Marta” negaba todo o inventaba diciendo que   ‘No sé qué ha pasado, se ha golpeado en la cama’ o ‘Se ha golpeado en la baranda’.

La empleada, en un momento, llega a relatar que una vez ‘En mi turno encontré a alguien marcado ahí, con un hematoma en el brazo, en la cabeza, la nariz partida, y así’ en el más crudo de los testimonios escuchados. 

Con deudas a las enfermeras, que en algunos casos alcanzan los $ 30.000, la propietaria del geriátrico mantenía a sus empleados bajo un verdadero sistema de explotación, perjudicando en algunos casos, que pudieran recibirse en la carrera que estaban estudiando, situación que a pesar de haber sido expuesta ante “Doña Marta”, a esta no le interesaba. En total suman más de  2 las enfermeras a las que se les debería sus haberes mensuales y a quienes la mujer se niega a saldar la cuenta.

En un intento por desembarazarse del problema “Doña Marta” llegó a hacer circular una nota para que fuera firmada por los abuelos internados –fuerza mediante- para que reconocieran que estaban bien alimentados y cuidados en el hogar. 

Cuando alguno de los parientes se acercaba a la dirección del geriátrico buscando una explicación por la delgadez que su familiar mostraba, la propietaria le contestó que “A tu abuela no sé si siempre fue flaca, pero últimamente estaba adelgazando un montón, a tu abuela si se le daba de comer, siempre se le dio de comer, pero no sé porque está adelgazando tanto, no sé si es por la enfermedad que le diagnosticaron…”, cuando en realidad jamás había sido revisada por un profesional médico. 

De esta manera se configuró el cuadro más infame, protagonizado por una mujer, para quien la condición humana no tiene ningún valor, más que el de la denominación de los billetes. 

Un caso tenebroso que debiera movilizar a pensar en la necesidad de recuperar el sentido de los afectos familiares, que comienzan el día del nacimiento y terminan cuando los mayores fallecen. La ruptura de este vínculo ha dado impulso al negocio de los geriátricos donde quizás los ancianos sean bien atendidos pero sufren igualmente el maltrato del desapego familiar.-