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POR ERNESTO BISCEGLIA PARA VOCES CRÍTICAS

El Elogio de la Madre

El Elogio de la Madre
El Elogio de la Madre
domingo 20 de octubre de 2024

SALTA (Por Ernesto Bisceglia) Hoy, la vorágine diaria se detiene para volver los ojos hacia el único Ser a quien el buen Dios le ha otorgado el don de recrear la Vida. Esa capacidad de reproducir a su descendencia es siempre y definitiva, el resultado de un acto de amor. Pero, es preciso decir, que antes de ser Madre, es esa mujer que porta en su misma Esencia la fertilidad que le permite ser semilla en la Creación, ese latido profundo del amor, esa fuerza primigenia capaz de dar forma a lo invisible y hacerlo todo con la fortaleza de los mejores guerreros. 

¡He allí a tu Madre! (Jn. 19: 26-27) , dice el Maestro en el momento póstumo, presencia significativa de la Madre que simboliza ese acompañamiento que se proyecta hacia toda la Humanidad como prenda de unión de la familia. Porque la Madre es la piedra angular sobre la que se levanta el edificio complejo de la sociedad. En mano y en sus palabras se hallan los cimientos fecundos de la Patria.

Y decimos que primero es la Mujer, porque toda mujer es una madre en potencia, ya que naturalmente, en su corazón late la promesa de un amor incondicional, de una entrega sin límites, de una vida que se da sin reservas. Sin que importe si el vástago fue fruto de sus entrañas o donado por la Vida. 

Por eso, ser madre es mucho más que un momento; es la extensión infinita del amor, un lazo que se teje antes del primer aliento y que jamás se deshace. Cada mujer, en su esencia, guarda esa chispa de vida que la convierte en el ser más sublime sobre la Tierra. Una madre es por esencia femenina en el cuadro del trazado divino del Orden Natural. No feminista.

Para los hombres de Fe -cualquiera sea el credo-, la Historia propone el ejemplo vivificante y salvífico de la Madre de todas las madres: María. Arquetipo pleno y rozagante, materia, Luz y espiritualidad vigente de Mujer que no sólo dio a luz al Salvador, sino que con una fortaleza insondable, acompañó, cuidó y guió a su familia hasta su último suspiro. 

Ejemplo inmarcesible, ícono superlativo de fortaleza ante el dolor de perder al Hijo, se convierte en la muestra marmórea de un corazón que aunque transido de dolor, soportó con entereza la agonía de su Hijo, y ante su partido, jamás se doblegó. Y como el roble indestructible, María continuó, sosteniendo a los apóstoles, guiándolos con su amor incondicional hasta el Pentecostés. ¡Qué fuerza la de aquella mujer! ¡Qué ejemplo de fe, de resignación ante el destino, pero también de Esperanza y de Amor eterno!

Véase pues, en cada mujer a esa Madre; inquebrantable y eterna, ¿Por qué, ¿quién olvida a su madre que vive en la Eternidad? ¡No importa que nunca haya tenido un hijo en brazos, porque en su alma resguarda al rescoldo del calor vivencial es, la madre universal! La que acoge, la que cuida, la que ama sin límites, la que adopta con ese afecto natural al que desvalido acude a ella en busca de consuelo. Y allí, en esa mujer a quien la vida no le dio el conocer el dolor de dar a luz, hallarán uno o más, ese regazo abrigado con gestos, caricias y palabras. Porque la maternidad es mucho más que un acto físico; es la encarnación misma del Amor.

Por eso, el Día de la Madre no debe ser sólo un día de obsequios envueltos en papel brillante o joyas que allende su valor jamás alcanzará a reflejar cuánto ella vale. Este día debiera ser un instante sagrado de reflexión, donde el mundo se detiene y reconoce el respeto que toda Mujer merece simplemente por ser la portadora de la vida, la hacedora de milagros, la guardiana del Amor.

Ser madre no acaba nunca. Desde el primer llanto hasta los últimos pasos, ella está siempre allí, con su amor inagotable, con sus brazos abiertos, con su mirada atenta. Acompaña en la infancia, guía en la adultez y aún después de haber partido, sigue siendo ese ángel silencioso que cuida nuestros pasos, que nos susurra consejos desde el cielo y que en los momentos de soledad, sentimos como un abrazo invisible que jamás nos abandona.

Una madre es la tarea inacaba de toda una vida, la militancia amorosa para siempre. Desde el instante en que la vida brota en su interior hasta el último aliento de quienes ella trajo al mundo, su amor no se apaga, incluso trascienda. Porque su legado es eterno, su presencia es infinita. Nos da la vida y, cuando ella parece haberse ido de nuestra vista, se convierte en luz, en viento, en estrella; siempre prodigando sus cuidados, siempre regalando en cada suspiro el amor que sus dedos sensibles y sus labios melifluos de ternura, nos hicieron sentirnos parte en conciencia y en esencia. 

Hoy, celebremos a las madres, pero más aún, celebremos a toda mujer como fontana de Vida, como manantial surgente de amor y como camino infinito de esperanza. Que este día sea un canto al respeto, a la admiración, y a la gratitud eterna hacia quienes, con su corazón, sostienen al mundo. -