POR CAROLINA MENA SARAVIA /EXCLUSIVO

“¡Escribí al Papa, pero no me imaginé que contestaría!”: la increíble historia del interno que conmueve al penal de Villa Urquiza

De la Casa Rosada al penal de Villa Urquiza, en Tucumán. El relato descarnado de un interno que busca una vida mejor, emprendiendo con paso seguro su camino a la libertad
domingo, 1 de septiembre de 2019 · 13:30

TUCUMÁN.- (Por Carolina Mena Saravia para Voces Críticas) “Cuando yo venía a la cárcel con el gobernador Julio Miranda a traer colchones, nunca me imaginé que iba a estar acá”, comienza el relato de su vida A. R. Ch., a quien nos referiremos con sus iniciales, circunstancia que no altera la veracidad de la historia relatada crudamente en primera persona.

A. R. aborda la conversación con la fluidez de un hilandero de pensamientos y sensaciones, da la impresión de que su historia está formada por eslabones gruesos pero llevados con entereza y esperanza, piedras que una a una va sorteando en este largo camino hacia la libertad de una condena de 20 años. A pesar de haber nacido en Buenos Aires, a muy temprana edad se radicó con su familia en Tucumán, lugar donde realizó los primeros estudios, pasando luego a la ciudad de Córdoba, donde cursó el ciclo secundario con régimen militar para recibirse luego de subteniente en el Colegio Militar de la Nación. En 1980 y 1981 realizó el curso comando en Infantería de Marina y durante el conflicto de Malvinas se desempeñó como soldado de carrera en el archipiélago.

“Cuando regresé a Buenos Aires estuve en tratamiento psiquiátrico un año y medio para recuperarme. Conseguí trabajo gracias a mi padrino en una empresa de cereales y con el tiempo me recibí de licenciado en Política Internacional en la Universidad de Buenos Aires. Ingresé a trabajar a la Casa Rosada, estuve mucho tiempo durante la presidencia de Menem”, recuerda A. R. su periplo.

A estas alturas de la entrevista, y con las fotos entre mis manos que acreditan sus relatos, resulta difícil hacer coincidir el rompecabezas de las piezas de su vida pasada y el escenario presente, el penal de Villa Urquiza, Tucumán, donde transcurren los tramos finales de su condena.

Con el ex presidente Fernando De La Rúa

Con los internos del Penal Villa Urquiza

“Me trasladaron a Tucumán, adscripto al Siprosa -continúa-. Estuve en la Universidad Nacional de Tucumán para ingresar luego a la Casa de Gobierno, a Ceremonial y Protocolo, y ahí trabajé los últimos tres años de gobierno del señor Palito Ortega, estuve los cuatro años con Bussi, estuve los cuatro años con Julio Miranda y estuve con José Alperovich, pero en 2005 caí detenido”. No rehuyó referirse a los motivos de su detención, absolutamente privados (no cometió homicidio), para concluir que si pudiera volver el tiempo atrás con seguridad no volvería a hacerlo, “para mí fue suficiente para darme cuenta que lo que hice no debo hacerlo nunca más, yo asumí mi responsabilidad. Dentro de lo que estoy preso me siento bien”.

Su vida en el servicio penitenciario también lo lleva a hacer un análisis de la realidad actual a nivel sociológico que conllevan los motivos para delinquir. “Ya no están los presos pesados, los que robaban bancos o camiones de caudales, ahora mayormente son chicos que están por el tema de la droga, por quitar un celular o doscientos pesos la ramean a una señora de alta edad y la matan, entonces tienen robo agravado seguido de homicidio o intento de homicidio, ahora todo es delincuencia juvenil”.

En el penal de Villa Urquiza

El 14 de diciembre de 2014 comenzó con laborterapia perimetral, una especie de bisagra al cumplir los quince años de condena. Explica A.R. que esta modalidad consiste en “salir fuera del servicio penitenciario a trabajar. Generalmente es un tiempo determinado y después se empieza a buscar el acercamiento familiar. Ahora ya tengo que empezar a afianzarme más en lo laboral y cuando el juez determine que ya estoy en condiciones solicitar la condicional”. Estruja el corazón la entereza con la que echó manos de las oportunidades que le brindó el penal y el Departamento de Producción, hecho poco común en la vida carcelaria, ya que no son muchos los que aceptan la laborterapia como medio para aprender un oficio que actúe como trampolín una vez alcanzada la libertad, porque es el trabajo lo que dignifica al hombre.

Salidas periódicas, salidas felices

Su madre, que ahora tiene 88 años, es quien lo recibe durante el acercamiento familiar, dos veces al mes. Recuerda con emoción la primera vez que salió para visitarla, “ella me espera en su casa, me lleva el servicio penitenciario y mi familia me va a ver ahí. Hace siete meses que estoy yendo”.

A.R. no tiene hijos propios, pero son como si lo fueran los tres hijos de su pareja, Liliana, médica retirada, a quienes crió como suyos. Recuerda el shock que ella sufrió cuando fue condenado, llevaban una intensa vida social, pero acepta que lo sobrellevó con mucha altura. “Siempre me pechó la reja”, aclara A. R., con esta expresión intramuros tan propia del lenguaje carcelario, una forma de graficar el “aguante” que hacen los familiares ante estas situaciones límites.

Su sinceridad lo lleva a aceptar que el tratamiento psicológico que se encuentra transitando está dando muy buenos resultados. “Me está motivando, ayudando muchísimo; el psicólogo viene acá a atender varios internos que están por oficios”. Su conducta es “ejemplar diez”, y menciona que este factor es muy importante en el currículo carcelario.

Con Moria Casán

 

Sorpresa ante la respuesta de su carta al Papa

Con firmeza destaca que es católico apostólico romano, justamente es en la pastoral carcelaria donde germina la semilla de enviarle una carta al papa Francisco, motivado por el seguimiento de su derrotero a través de las cárceles del mundo y la preocupación del pontífice por los internos, llegando incluso hasta a lavar sus pies en la ceremonia del Jueves Santo.

En el mes de mayo de 2019, A. R. tomó coraje y munido de lapicera y papel comenzó las líneas para enviar al Vaticano. “Le decía que me gustaba mucho lo que estaba haciendo, que era una persona muy humilde que se dedicaba a la gente pobre, que no hacía diferencias para nada y que cuando iba a los países del mundo iba a una cárcel. Le pedí que cuando venga a Argentina, venga a Tucumán. Le puse día, fecha y hora en los que visitaba las cárceles”, se entusiasma A. R. Solo dos meses transcurrieron para que la respuesta del Papa llegara a sus manos, junto a un rosario y una estampita de regalo. “Esto me dio ánimos para seguir adelante, tengo mucha más fe en muchas cosas; si bien estoy desesperado por recuperar mi libertad, esto me emocionó más que recuperar mi libertad. Ha sido algo muy especial, porque cuánta gente hay en el mundo y se acordó de mí. Es algo maravilloso, si llega a venir… bueno… ¡sería ya tremendo! Pero lo importante es que me contestó”, recuerda A. Ch. con sus ojos humedecidos.

El hilo se corta por lo más delgado pero A. R. no claudicó nunca en su empeño por tallar su libertad. A sus 59 años, la misiva del Papa servirá como combustible fundamental para transitar esta última etapa de su condena. Construir una nueva vida es tarea de todos los días, y la motivación y la fe actúan como autopistas que guían hacia los propósitos que, aun divisándose lejanos, a medida que transcurre el tiempo comienzan a vislumbrarse cercanos, siempre con la convicción de que un mundo mejor es posible, frase muy usada, pero en esta circunstancia, constantemente aplicada. Porque ya lo dijo santo Tomás de Aquino: "Justicia sin misericordia es crueldad", cada ser humano tiene derecho a nuevas y mejores oportunidades.

La Carta del Papa Francisco 

En Casa de Gobierno cumpliendo sus funciones

 

Con el General Antonio Bussi y familia, cumpliendo sus funciones laborales

 

Por Carolina Mena Saravia para Voces Críticas

 

 

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