POR CAROLINA MENA SARAVIA PARA VOCES CRÍTICAS

San Pío de Pietrelcina: vida y milagros de un profeta en su tierra

A 51 años de su muerte, la vigencia del Padre Pío de Pietrelcina permanece intacta, es más, hay quienes afirman que creció con el correr del tiempo. Fueron algunas de sus últimas palabras, subir al cielo donde se multiplicaría su intercesión y entrega al prójimo
lunes, 23 de septiembre de 2019 · 12:32

SALTA.- (POR CAROLINA MENA SARAVIA PARA VOCES CRÍTICAS) Hoy se cumplen 51 años de la entrada triunfal al cielo del Padre Pío de Pietrelcina. El sacerdote capuchino que murió con perfume de santidad es protagonista de una vida tan intensa como fascinante, plagada de milagros y hechos inexplicables.

Nació en Pietrelcina, localidad cercana a Roma, un 25 de mayo de 1887, en el seno de una familia modesta, católica y muy devota. Fue bautizado como Francisco Forgione. Desde niño su vida estuvo marcada por la oración, siendo su compañero de juego su ángel de la guarda, hecho que lo llevó a pensar, con la naturalidad de un niño, de que cualquier persona podía verlos en todo momento y lugar.

Su ángel de la guarda fue su compañero inseparable, incluso durante los ataques del demonio, hechos frecuentes en su vida. Cuenta el Padre Pío en su Carta I, que cierta vez, durante uno de los embates, clamaba por su presencia, más él no se presentó en su auxilio. Cuando finalmente se presentó, el Padre Pío furioso le reclamó el hecho de que lo dejara solo. El ángel respondió: “Jesús permite estos asaltos del diablo porque su compasión te hace agradable a Él y Él quisiera que te le asemejaras en el desierto, en el jardín y en la cruz”.

La relación con estos seres espirituales era tan habitual que incluso llegaba a pedir a sus hijos espirituales que enviaran sus recados con sus ángeles de la guarda, lo que le permitía contestar con celeridad sus requerimientos.

El confesionario era un hogar para él, pasaba largas horas atendiendo a los fieles que se acercaban de a cientos a la pequeña localidad de San Giovanni Rotondo, conocida hasta la actualidad y lugar frecuente de peregrinación. Allí, las anécdotas se multiplicaban porque su don de escudriñar las almas –capacidad para leer las conciencias- se hacía presente constantemente. A veces era un tanto severo, pero según sus propias revelaciones, lo hacía para lograr una conversión total de las personas, nadie regresaba a su lugar de origen sin el consuelo esperado.

El Padre Pío hacia honor a su sacerdocio como un verdadero “pater” de aquellos a los cuales llamó “hijos espirituales”, con quienes mantenía una comunicación sobrenatural y de quienes se despidió al momento de dejar este mundo, cuando estos, sin importar el lugar donde se hallaban, sintieron un portentoso perfume a flores.

Bilocación, uno de sus más fascinantes dones

Otro de los prodigios que caracterizaba a este maravilloso santo era el don de la bilocación, hecho por el cual podía estar en dos lugares distintos a la misma vez. La primera manifestación se produjo cuando aún no era sacerdote. El entonces fray Pío se encontraba rezando en el convento de San Elías de Pennisi, la noche del 18 de enero de 1905, cuando se sintió transportado a una casa señorial en la ciudad de Údine, donde asistió al fallecimiento de Juan Bautista Rizzani, miembro de la masonería, cuyos integrantes custodiaban el hogar a fin de impedir la presencia de sacerdotes.

Leónide, su mujer, era profundamente católica y se encontraba rezando junto a su marido cuando vio salir de la habitación a un fraile capuchino. Lo siguió a través del pasillo más no lo alcanzó, se encontraba angustiada ante el hecho de que su marido moriría sin recibir los auxilios finales. Cuando oyó gemir al perro presintiendo la muerte de su amo, se inclinó para soltarlo y fue en esos momentos que comenzó el trabajo de parto para dar a luz a la pequeña Giovanna, quien posteriormente se convirtió en hija espiritual del Padre Pío, acorde a como le fuera anunciado en ese mismo momento por la Virgen María. Esta fue la primera de muchas manifestaciones que se sucedieron en su larga vida.

Otra prodigio por el cual se lo conoce son los estigmas, las mismas heridas de Cristo, que se manifestaron en sus manos, pies y costado. Los recibió mientras se encontraba orando ante la imagen de Cristo crucificado en el coro de la iglesia, luego de la celebración de la misa. Los mismos, que comenzaron siendo invisibles, lo acompañaron casi hasta su fallecimiento, desapareciendo unos días antes de su muerte.

Alivio para el cuerpo y el alma

Este increíble sacerdote, que dedicó su vida a la oración y a los hermanos no descuidó la salud de ellos. Construyó un hospital modelo en la ciudad de San Giovanni Rotondo, la Casa Alivio del Sufrimiento, con donaciones y aportes de entidades. Él mismo llamó a este lugar su “obra más grande aquí en la Tierra”, y fue inaugurado el 9 de enero de 1940 para aliviar los dolores no solo físicos y sino también espirituales de los hombres, como hacía referencia san Pío.

Su vida es riquísima en testimonios, anécdotas, milagros y manifestaciones de toda índole. Verdaderas multitudes se congregaban en ese pueblo diminuto que era en ese entonces San Giovanni Rotondo para presenciar sus misas a las 5 de la mañana. Durante las mismas –se extendían por más de dos horas- se producían conversiones inimaginables y milagros increíbles, verdaderos testimonios de la santidad del Padre Pío que bregaba por acercar almas a las huestes del Señor.

Cuentan los fieles que a su paso despedía una exquisita fragancia a flores y que cuando acercaban un objeto para que lo bendijera, él mismo se daba cuenta si ya había sido bendecido con anterioridad.

A pesar de las múltiples obligaciones que tenía el Padre Pío, el buen humor y las contestaciones sagaces eran una característica notoria de su personalidad. Estas cualidades no lo abandonaron nunca, aun durante los 10 años –desde 1923 a 1933- que fue aislado del mundo exterior por disposiciones de la Iglesia.  

Hasta el día de hoy continúan diseminados por el mundo los grupos de oración fundados por él durante la Segunda Guerra Mundial, fieles a sus palabras: “Reza, ten fe y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración [...]. La oración es la mejor arma que tenemos, es la llave al corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no solo con tus labios sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones debes hablarle solo con el corazón”.

Fue un verdadero maestro en vida, padre espiritual ejemplar, que vio coronada su existencia con su canonización, el 16 de junio de 2002, bajo el papado de Juan Pablo II, hoy también santo de la Iglesia católica.

 

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