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Sara Bianchi y sus marionetas

Un mundo mágico de muñecos abres sus puertas a la narrativa tierna y detallista de Gladys A. Coviello
martes, 28 de julio de 2020 · 16:36

ARGENTINA (Por Gladys A. Coviello) Intenté  transmitir  mi pasión  por los títeres a mis nietas para que mis muñecos continuaran en familia. Fracasé. Muchas veces ellas participaban en eventos portando gigantes o cabezones y lo hacían con gusto.  

Llegado el momento de mudarme a mi ciudad natal, Tucumán, obsequié  una parte de la colección a Álvaro Pino Coviello porque conocía su gusto por  la actividad. Otros muñecos entregué a la docente Caty Yapura quien había demostrado  condiciones para este arte durante los talleres de verano en Fuerte Quemado. Estoy segura de que ella  continuará dándoles vida frente a los a sus alumnos.                                 

Recuerdo la primera vez que asistí a un espectáculo que definió mi preferencia por el espectáculo titiritesco. Fui a ver Los Piccoli de Podrecca un espectáculo de marionetas de un nivel excepcional que en la década de los años 30 llegaron a Tucumán. Cuando terminó la función, mi padre nos condujo por bambalinas a entrevistar a los actores y pude contemplar de cerca, a esas criaturas que parecían de carne y hueso.

Atravesamos pasillos oscuros y entre bastidores pude acercarme a un personaje melenudo que estaba desarmado en el suelo y con los hilos enredados. Era el pianista que durante la función agitaba su cabellera al compás de la Polonesa y despanzurraba un piano debido a su apasionado temperamento. Desde ese momento, los muñecos permanecieron a mi lado.

Mis primeras representaciones tenían como retablo la ventana del dormitorio que  se abría hacia un patio. Obligaba a mis hermanas menores no solo a asistir, sino además aplaudir  las piruetas de un pobre Pinocho de trapo al que hacia actuar a través de piolines con sus las manos rígidas en alto y mis disparadas palabras.

Llevé a mis alumnos del taller de la Municipalidad de Hurlingham  acompañada por algunas madres al Museo de Títeres que funciona en la que fuera la casa natal de Mané Bernardo en San Telmo: más de 400 muñecos comparten los espacios con la biblioteca y el  archivo. Entrevistamos a Sara Bianchi quien nos recibió con amabilidad. Respondía  todas las preguntas que le hacíamos  con claridad y nos fascinó con su arte apasionado.  Amable y delicada hipnotizó a los niños con su títere “Lucecita, el amor nunca olvidado”, y mientras les contaba  las aventuras, de su muñeco  preferido, éste se desplazaba y hacía movimientos humanos que los alumnos observaban embelesados.

Luego llevé a Victoria Mondría, una de mis nietas, con la intención de  incentivarla en esta profesión. Traspasar mi pasión, que me sucediera y continuara dándole vida a mis títeres.

En el museo volví a contemplar fascinada las marionetas. Las figuras de Birmania, desde una vitrina con sus caballitos alzando patas o recostándolas encogidas, relucían sus cuerpos blancos por los detalles dorados. Las marionetas javanesas estaban trabajadas con  hilos vegetales.

Las de Italia permanecían impecables con sus extraños atuendos  asiáticos.

Una enorme vitrina vertical de Escandinavia albergaba muñecas de rostros delicados y bellísimos. China, Sudáfrica y Australia: los países sin distancia permanecían expuestos en cuidadosos escaparates representando las refinadas expresiones del mundo de muñecos. Expuesto de modo especial había un personaje fabricado durante el siglo VIII enviado como regalo para Sara.

Sara Bianchi era  maestra y profesora de letras. Desempeñó cargos en universidades. Fue directora, intérprete y actora especializada en títeres para niños. Formó con su amiga la compañía."Títeres de Mané Bernardo y Sara Bianchi” y realizaron giras por América, Europa y África. Escribió varios libros y en  sus  cincuenta y cinco años de trayectoria recibió premios y distinciones  de diferentes países. Fue nombrada Ciudadana ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, y distinguida  por el premio Konex, y la Faja de honor SADE.  El listado de sus méritos es inagotable.

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