POR GREGORIO CARO FIGUEROA PARA VOCES CRÍTICAS

LAS OTRAS BATALLAS DE BELGRANO

Después de su victoria en Salta, Belgrano escribió: “nuestras costumbres sólo con el tiempo y los trabajos se han de reformar y venir a ser buenas”. El ya tiempo pasó. Aún siguen pendientes esos trabajos
jueves, 20 de febrero de 2020 · 00:00

SALTA.- (Por Gregorio A. Caro Figueroa (*) para Voces CríticasEl 2 de febrero de 1813, el general Manuel Belgrano y parte de su ejército hicieron un alto en Alurralde, (hoy, Benjamín Aráoz), paraje situado en el límite entre Tucumán y Salta, a 250 kilómetros del campo donde, 18 días después, derrotó al ejército realista. Allí detuvo su trajín militar para ocuparse de papeles guardados en su baúl.

Aquel día, en medio de sus “graves preocupaciones”, mezcla de preparativos, tormentas e incertidumbres, Belgrano encontró tiempo para terminar de traducir del inglés un folleto escrito por George Washington en 1796, poco antes de terminar su segundo y último mandato como presidente de los Estados Unidos.

Después de sortear la crecida del Río Pasaje, a 80 kilómetros de Salta y una semana antes de la batalla, Belgrano juró e hizo jurar a oficiales y soldados acatamiento a la Asamblea Constituyente. Ésta, al introducir el concepto de ciudadanía, hizo a Belgrano “ciudadano general”, idea afín a la de “ciudadano armado” de Washington.

Ese mismo día, Belgrano dio los últimos retoques a su traducción de “Despedida”, título del texto de Washington. En 1805, Belgrano leyó un ejemplar en inglés que le regaló David C. de Forest, norteamericano al que la Asamblea de 1813 otorgó ciudadanía.

Al traducir y editar este texto, Belgrano expresó su identificación con el autor, con sus ideas y valores. En éste, su último escrito como hombre público, Washington anunció a la nación su propósito de retirarse, renunciando a perpetuarse en el poder. A Belgrano, ese gesto lo impresionó.

Sin fingir desinterés, pudiendo haberlo conseguido, Washington renunció entonces a un tercer mandato presidencial. “Se negó con firmeza a permanecer más de ocho años a la cabeza de la Nación.

Con su negativa de presentarse para una tercera elección, inició la tradición implantada en la política norteamericana de no desempeñar la presidencia más que dos mandatos seguidos”, dice un historiador.

Mitre explicó que Belgrano tenía profunda admiración por Washington como persona y como político reflexivo. Leyó sus escritos con especial interés. En 1811, estando en Paraguay y al terminar de leer “Despedida”, Belgrano empezó a traducir el folleto al castellano, tarea que concluyó con José Redhead, su médico.

Belgrano definió a Washington como “héroe digno de la admiración de nuestra edad y de las generaciones venideras, ejemplo de moderación y de verdadero patriotismo, se despidió de sus conciudadanos, al dejar el mando, dándoles lecciones, las más importantes y saludables; y hablando con ellos, habló a cuantos tenemos y puedan tener la gloria de llamarse americanos, ahora, y mientras el globo no tuviese variación”.

“Despedida” resume reflexiones de madurez de Washington. Contiene, dice él mismo, “consejos de un viejo y apasionado amigo” interesado en recomendar algunas ideas, “resultado de mucha reflexión y de no poca observación”.

Lo hace con intención de que ellas “contribuyan a moderar la furia del espíritu de partido” y a consolidar las jóvenes instituciones.

Washington reconoce “limitaciones e insuficiencias”. “Probablemente habré cometido muchos yerros”, dice. Confía en que, con los años, su patria verá esos errores con indulgencia. Dedicó 45 años de su vida al servicio de su país “con un celo recto”. Consagración que podría dejar en el “olvido las faltas de mi talento”.

Como mejor recompensa esperó vivir, hasta el final, “bajo las buenas leyes” y “bajo un gobierno libre”. Washington definió sus ideas con claridad. “La rectitud es la mejor política”.

Pidió que la Constitución libre “se mantenga sagradamente”. Instó a fomentar “un afecto cordial, habitual e invariable” hacia la unión nacional, no a la uniformidad. Unión en la diversidad, ajena al odio y próxima a la amistad cívica, que es el mejor patriotismo.

Belgrano retomó esta idea en su texto “Causas de la decadencia y destrucción de las naciones”, publicado en el “Correo de Comercio” en mayo de 1810. Falta de religión, malas leyes, peores instituciones, abusos de autoridad, corrupción ¿son causas de la decadencia?, preguntó. Juntos o separados, son factores que explican, en parte, el declinar de las naciones, pero no son su causa principal, añadió.

Para Belgrano, la desunión era la principal causa de ruina. “Basta la desunión para originar las guerras civiles, para dar entrada al enemigo por débil que sea, para arruinar el Imperio más floreciente”.

Esto fue así en el mundo antiguo y moderno. El problema no está en la diversidad de opiniones, sino en la incapacidad de saber ordenarlas, expresarlas, combinarlas y armonizarlas.

Según Belgrano, la historia de “nuestra Nación en la época que estamos corriendo, nos presenta más de una prueba de que la desunión es el origen de los males comunes en que estamos envueltos…”. El choque de intereses y el mal orden contribuyen a la desunión y a la decadencia de las naciones.

Washington dijo: nadie olvide que la vigencia de los derechos “supone también una obligación que tiene cada individuo de obedecer al gobierno establecido”. La seguridad debe apoyarse en el respeto y el cumplimiento de las leyes, comenzando por la Constitución.

Constitución que el gobierno debe respetar, ajustando a ella su acción y no usando su reforma para derogar sus cláusulas importantes. “Uno de los modos de asaltar el gobierno podrá ser alterar las formas de la Constitución con pequeñas mutaciones, que debiliten la energía del sistema, minando así lo que directamente no se podría derribar”, señaló. Con semejante argucia comienza todo despotismo.

Washington fue severo crítico del sectarismo, del fanatismo y de las facciones las que, trabadas en lucha, pretendían sustituir la voluntad nacional por la de un sector o la de una persona ambiciosa de concentrar el poder para abusar de él. Como Washington, Belgrano procuró servir y no servirse del poder en beneficio propio.

Sólo en apariencia, nada tendría que ver la batalla que Belgrano libraría en Salta y su interés en difundir estas ideas. Aunque suene obvio, ésta y otras batallas por la independencia no se agotaban en sí mismas. Su sentido final no estaba en triunfos y derrotas, trofeos ganados o perdidos o en número de muertos y prisioneros de uno u otro bando.

Para Belgrano una batalla era un medio para la independencia y ella, condición necesaria para la libertad del país y sus ciudadanos. Libertad que debía plasmarse en una Constitución que consagrara y garantizara los derechos ciudadanos y la división de los poderes.

Es importante que “el hábito de pensar inspire, en un país libre, a los encargados de la administración la cautela de contenerse en los límites respectivos, que les prefija la Constitución, evitando en el ejercicio de los poderes que un departamento usurpe las funciones de otro”, escribió Washington.

Ese espíritu de usurpación tiende “a reconcentrar los poderes de todos en uno solo, y forma un verdadero despotismo, sea cual fuese la forma del gobierno”. Las garantías de libertad desaparecen cuando no se respeta la división de los poderes y éstos se concentran en una mano.

Cuarenta días después del juramento a la Asamblea a orillas del Río Pasaje, en “El Redactor de la Asamblea”, Belgrano leyó estos mismos criterios. El rugido de la batalla no fue más intenso que sus ideas.

“La misma libertad conduce al despotismo, y se convierte en germen de anarquía y desolación, cuando los tres poderes que dirigen el cuerpo social se confunden en el ejercicio de sus atribuciones, usurpándose recíprocamente el imperio que tienen demarcado por su naturaleza”, decía “El Redactor”.

Washington cuestionó “los funestos resultados” del espíritu de partido que debilita las instituciones, agita con falsas alarmas, insulta, enfrenta, divide, excita odios, suprime la verdad, usa la mentira, ahoga la opinión pública, debilita la justicia, elimina controles y despeja el camino a la corrupción.

En 2013 se cumplieron 160 años de la Constitución Nacional. Batallas como las de Salta, se libraron para construir un país libre de personas libres, dotado de leyes justas e instituciones sólidas y respetadas.

Después de su victoria en Salta, Belgrano escribió: “nuestras costumbres sólo con el tiempo y los trabajos se han de reformar y venir a ser buenas”. El ya tiempo pasó. Aún siguen pendientes esos trabajos.-

 

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(*) En los últimos años, las conmemoraciones históricas fueron desvirtuadas y vaciadas de contenido. Si se preguntara que sucedió el 20 de febrero de 1813 en Salta, pocas personas responderían correctamente. Si, a los que dijeran que en esa fecha se libró la Batalla de Salta, se preguntara sobre su importancia y significado, la enorme mayoría no sabría que responder. Cuando una sociedad desconoce de dónde viene, también ignora hacia donde va.-

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