POR ABEL CORNEJO PARA VOCES CRÍTICAS

POSTALES DE UNA BATALLA (segunda parte)

En reconocimiento a los triunfos de Tucumán y Salta la Asamblea General le otorgó un sable con guarnición de oro y la suma de cuarenta mil pesos fuertes que el héroe se negó a aceptar y las donó para la construcción de escuelas públicas. Hasta la fecha esa manda nunca fue cumplida
jueves, 20 de febrero de 2020 · 00:00

SALTA.- (Por Abel Cornejo para Voces Críticas) Pocos son los que recuerdan dónde comenzó la primera carga de la batalla de Salta. Volviendo el tiempo atrás, siempre resulta atractivo realizar un viaje imaginario al tiempo pasado, porque así la historia se apropia de nuestros pensamientos y nos permite hacer conjeturas. La primera carga de caballería sobre las filas enemigas, la realizó el entonces capitán Manuel Dorrego , famoso por su coraje y su ímpetu, desde el flanco izquierdo hacia la formación derecha del ejército español. Esa carga tuvo lugar en donde actualmente la Avenida Uruguay dobla hacia el este, casi llegando al actual monumento a Isabel la Católica. En ese primer embate, luego de una súbita y feroz refriega, Dorrego fue resistido y debió retroceder.

Al igual de lo que había sucedido en la Batalla de Tucumán, el Ejército Auxiliar del Perú quedó dividido, por lo que rápidamente Belgrano le ordenó a Eustaquio Díaz Vélez que acudiera en su apoyo. Allí fue herido Díaz Vélez y Cornelio Zelaya fue a socorrerlo. La línea de batalla se había establecido en el Campo de la Cruz de oeste a este. La idea del precoz ataque de Dorrego apelando al factor sorpresa no era mala, por el contrario, sino que en sus elucubraciones advirtió que podía encerrar a los españoles contra el cerro. Todavía hoy baja una pared de laja hasta la vereda y por ese entonces, esa zona era surcada por la denominada Zanja Blanca que era el antiquísimo cauce del Río Caldera, antes de que un terremoto abriese el angosto del Mojotoro.

La Zanja Blanca, por las lluvias estivales traía un considerable caudal en el que el valiente militar patriota pensó sumergir, lisa y llanamente, a sus adversarios. Esos rincones estaban poblados de frondosos lapachos, tipas y churquis. Gregorio Pedriel también entró ferozmente en la liza, pero por el centro del campo de batalla y a partir de allí, múltiples escaramuzas fueron haciendo retroceder a los españoles de norte a sur. Por ese tiempo, la ciudad de Salta terminaba en su límite norte unas cuadras más allá del Tagarete del Tineo, es decir la actual avenida Belgrano. Entraron por la actual calle Balcarce, conocida entonces como calle de la Amargura, donde ocho años más tarde sería herido mortalmente Martín Miguel de Güemes. Antes de seguir el relato debe señalarse que el término tagarete es de costumbre sevillana, pues así se conocía un arroyo que al ingresar a la ciudad de Sevilla se lo había soterrado en un túnel de piedra. A su vez a la calle de la Amargura se la llamaba así, porque por allí pasaba la Virgen dolorosa en la procesión del Viernes Santo.

Cuando los españoles comenzaron su retroceso ingresaron desordenadamente a la ciudad por el único puente existente sobre el Tineo, que lo había mandado a construir el gobernador español don Andrés de Mestre. Se parapetaron en varios edificios, principalmente en la torre de la vieja iglesia de los monjes mercedarios, destruida por el terremoto de 1844. Ese templo quedaba en la esquina de las actuales calles 20 de febrero y Caseros. Sin embargo, antes del zafarrancho, un hecho estremeció las almas realistas y probablemente signó el resultado ulterior del combate. Fue la deserción del Marqués de Yavi, que embelesado por los encantos de Juana Moro, decidió pasarse a las filas patriotas. Tres años más tarde sería capturado y torturado por los realistas en venganza, para morir finalmente engrillado en Kingston, Jamaica, el 22 de octubre de 1820, cuando era conducido prisionero en un galeón a España para ser juzgado. Pío Tristán que advirtió la dispersión de sus huestes, ordenó que una nutrida partida saliera de la ciudad y se dirigiera hacia las Lomas de Medeiros.

En la casona de la hacienda homónima fueron recibidos a balazos y esta refriega no solamente los sorprendió, sino que raudamente apareció en escena Martina Silva, y luego de rodearlos, desarmarlos y tomar los pendones reales, hizo que se rindiesen incondicionalmente. Ya no le quedaban dilemas a Tristán. Desde lo alto de la torre de la Iglesia de la Merced comenzó a flamear una bandera blanca pidiendo un armisticio, pero Belgrano ya había aprendido la lección de Tucumán y esta vez no lo aceptó, sino que los conminó a capitular, sin concesiones, aunque luego se las dio. Dorrego y José María Paz le pidieron clamorosamente que esta vez fuese implacable. El creador de la bandera no los escuchó y esto significó el surgimiento de una fuerte inquina de Dorrego hacia Belgrano, que más tarde sería castigada por San Martín, separándolo del Ejército Auxiliar del Perú y enviándolo confinado a Santiago del Estero, donde conoció a Güemes, que también estaba allí, pero amonestado por Belgrano. Por esa razón es que Güemes no combatió en la Batalla de Salta.

Como la Iglesia Matriz había servido de hospital de sangre y refugio realista, por lo cual se encontraba desordenada, la entrega de armas se produjo en la que por aquel tiempo se llamaba Plaza Armas, actualmente la Plaza 9 de julio. Los soldados realistas desfilaron desarmados frente a Belgrano y Tristán, a quien el prócer rioplatense en un inusual gesto de caballerosidad decidió no arrestarlo, sino invitarlo a presenciar la revista de tropas. Tristán se hospedaba en la casa de una ferviente partidaria realista: doña Liberata Costas de Gasteaburu, ubicada frente a la Plaza de Armas. Doña Liberata era también dueña de la hacienda Las Costas, actual sede del gobierno de Salta. En homenaje a la generosidad de Belgrano hacia los vencidos, organizó un baile en honor a los vencedores. Al sarao, acudieron la oficialidad patriota y la española y curiosamente, quienes horas antes habían combatido en feroz y sangrienta refriega, departían animadamente.

Al día siguiente, a las once de la mañana, Belgrano, de ferviente religiosidad, hizo celebrar un Te Deum en la actual basílica menor de San Francisco, y ordenó que se inhumaran a los caídos de ambos bandos en una enorme fosa abierta en donde actualmente se erige el Monumento 20 de Febrero y que allí se plantase una cruz de gran porte, a la que puede visitarse en la Iglesia de la Merced. Acto seguido, ante la decepción de Dorrego y Paz, las tropas españolas al son de pífanos y clarines se retiraron por el camino real en dirección hacia La Caldera para luego sortear Jujuy, la Quebrada de Humahuaca y finalmente volver a estacionarse en el Alto Perú. En reconocimiento a los triunfos de Tucumán y Salta la Asamblea General le otorgó un sable con guarnición de oro y la suma de cuarenta mil pesos fuertes que el héroe se negó a aceptar y las donó para la construcción de escuelas públicas. Hasta la fecha esa manda nunca fue cumplida. Belgrano moriría en la más absoluta pobreza un 20 de junio de 1820, exclamando: “ay Patria mía…Su único patrimonio era su catre y un reloj de bolsillo de oro, que se lo entregó a su médico, el sabio escocés Joseph Redhead en pago por sus honorarios médicos por haberlo asistido hasta el final.

 

POSTALES DE UNA BATALLA ( Primera parte) 

 

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